Otros: Aquí tenéis el único rol (creo ò.o) de los personajes: http://mythical.foroactivo.com/t38-playa-de-ammoudi
Noche griega

Noche.
El manto de estrellas cae sobre la pequeña isla en medio de la nada, a orillas de un mundo de aguas demasiado revueltas. La luz de la luna griega acuna a su pequeño pueblo, a la olvidada Mykonos, sumergida en la magia del mar Egeo.
Una ventana abierta deja deslizarse el murmullo de las olas a ese último reducto de paz. Luces y sombras se confunden entre caricias, besos y suspiros. Sus figuras se deslizan en la oscuridad como amantes secretos que a nadie quieren despertar. Porque esa noche es sólo suya. Para siempre.
Sus ásperas manos se estremecen de placer al rozar la piel tan suave de ella. Su boca recorre su cuello, su espalda. Un tirante se deja caer en medio de la oscuridad. Pero ellos no ven nada. Con los ojos cerrados, un cuerpo descubre al otro. Los abrazos se convierten en miradas y cada beso se expresa mejor que cualquier palabra.
Ella le detiene. Su mano palpita junto a su corazón salvaje, natural; único, no hay nada igual. Roza sus labios salados con un dulce susurro.
- ¿Por qué me elegiste?- pregunta, niña, acariciando su torso, prendiendo su océano allí por donde pasa.
Desenreda su pelo antes de contestar. Sus dedos navegan, sabios, dirigidos al igual que su conocido barco.
- Nunca había visto mayor belleza que la del mar. Sus olas, su vida, sus movimientos… en cierto modo, danzaba. Y cuando era de noche, cuando ya no había nadie más, se calmaba y bailaba sólo para mí.- sus dedos caminan en silencio hasta su clavícula.- Se movía de una manera especial. Porque estaba sólo, porque era libre y, a pesar de eso, había decidido permanecer allí.- acaricia su piel, una y otra vez. Sólo para ella.- Y cuando te vi… me miraste de forma extraña, pero sólo mostraste una sonrisa, cerraste los ojos y seguiste bailando. El aire te acariciaba de una forma única, como sólo hace con el mar. Parecías tan tranquila… - las yemas se aproximan a su mirada cerrada y caen por sus párpados.- Y siempre que te miro, siento esa calma. Siento que estoy en un sueño y que tu polvo de hadas nunca me dejará despertar.- la toma de las manos con cuidado, como a una muñeca de porcelana y la hace girar.- Siento que la bailarina de mi caja de música nunca parará de bailar.
Al son de su nana particular, ambos caen en la cama. Las olas continúan recorriendo la arena allí abajo, en la playa, pero en la habitación reina el silencio de su pasión. Ella abre los ojos.
- ¿Nada más?
- Nada más.
Sus cejas oscuras se contraen. ¿Nada más?
- Me basta.
Sus dedos de cristal se sumergen en la inmensidad de sus rizos oscuros. Nadan, exploran y disfrutan sin respirar.
La tensión de su espalda se rinde ante el contacto de esas gotas de vida líquida, esa música que escapa de cada uno de los movimientos de la muchacha. Inhala. Busca aliento en su boca.
- Te amo.
Kynthia sella sus ansiosos labios y las palabras se consumen entre las llamas.
Todo está oscuro. Todos duermen, pero ella continúa despierta. La brisa marina juega con los cabellos que caen por su espalda mientras observa el cuerpo de Brontë revolverse entre las sábanas. Las olas le quieren, el mar le llama. Él también baila. Cada vez que el barco se desliza entre la tempestad, ejercita su danza particular. Violenta, salvaje y emocionante, hasta que el pescador calma las aguas, las acaricia, las ama. No les guarda rencor. No es capaz de odiarlas. No es capaz de odiar a nadie. Sus fuertes labios sólo dejan salir palabras amables y mariposas que te roban las palabras. Sus manos rudas tan sólo dedican caricias, y su corazón es como una rosa roja, brillante, que nunca se deja marchitar por la escarcha.
En cambio el suyo, de piedra, palpita, imbuido de ardiente lava. Es un volcán en erupción que cubrirá de cenizas todo aquello que tanto amaba. Y tiene miedo de dejarlas salir, de que todo se consuma sin que ella pueda hacer nada. Porque puede controlar sus pasos, sus giros, su danza, pero no esa fuerza que la arrastra.
Acaricia sus rizos oscuros. Su rostro continúa tranquilo. Descansa. Explora con un dedo el perfil de su cara. Resbala por su nariz y van a parar a esa fortaleza sagrada. Una fortaleza que ha susurrado esas palabras.
Y ella no ha sido capaz de responder. Temía que los oídos del muchacho escuchasen lo que no esperaban. Pero el silencio de la noche es amable. El silencio de la noche le agrada. El silencio de la noche le invita a confesar lo que con tanto recelo guardaba.
- Te quiero.- susurra en su oído.
La luna le sonríe y ella se relaja. Más calmada, se sumerge entre las sábanas.
La siente deslizarse junto a su espalda, sus manos, suaves, en torno a él entrelazadas. En secreto, abre los ojos, sonríe, y da gracias al destino por esa preciosa bailarina que continúa girando en su caja.