Sin Reino- Más. Mucho más.- mascullaba la pequeña princesa. Sus manos asían el aire, frustradas por no encontrar que parecía tanto ansiar.
No podía… no lo conseguía… estaba tan lejos. No. Estaba cerca. Era eso. Estaba allí, danzando entre sus dedos como si se burlase de ella. Por mucho que lo intentase, escapaba. Una y otra vez, al igual que su sueño.
- ¿Se encuentra bien, señorita?- susurró la nodriza acariciando los cabellos rubios de la niña. Ella abrió los ojos y recibió la luz de la mañana sin parpadear. Su furia le impedía hacer otra cosa que no fuese apretar los dientes y ahogar un grito entre las mantas. De nada servía golpear la almohada con los puños, o regañar al servicio. El sueño no volvería. Siempre acababa en el mismo lugar. No importaba cuánto tiempo hubiese estado dormida. La imagen de una sombra huyendo de sus brazos se repetía como un bucle durante horas y horas, una y otra vez, una y otra vez…
Con un brusco ademán, apartó a la criada y saltó sobre la alfombra, arrastrando su pelo tras de sí como una estela de las noches en vela de su mente, una estela que nunca parecía acabar, que nunca acabaría. El milagro fascinaba a todo el reino. Crecía y crecía, cubriendo las baldosas del castillo con mantos dorados que estaban por terminar. Sin embargo, la pequeña lo odiaba con todas sus fuerzas. Cada noche que sufría su pesadilla, diez centímetros de nuevo cabello rubio amanecían junto a ella.
Años atrás, furiosa, había intentado cortarlos, pero en cuanto un mechón rozaba el suelo, la melena renacía, más fuerte y brillante que nunca. Desde esa fallida primera vez, lo había vuelto a intentar demasiadas veces. Sabía que era inútil, pero le producía un tortuoso placer ver como, por un mágico segundo, el manto de sueños no estaba allí, y sólo veía una traviesa niña en el espejo.
Los reyes no anunciaron su decisión hasta el día que sus dos únicas hijas cumplieron quince años. La duda les atenazaba. El mismo impulso que les había obligado a inclinarse por un lado de la balanza les susurraba asustado que no revelasen el secreto, que pasaría algo malo. Pero si algo había caracterizado a aquel reino era la valentía y es estoicismo de sus soberanos. Así que, olvidando sus miedos, el Rey alzó su copa y exclamó con voz clara y estridente el destino de su legado:
- Hoy, mis dos tesoros más preciados se convierten en mujeres dignas de un trono. Hoy, mis dos pequeñas se convierten en futuras reinas. Sin embargo, sólo una de ellas podrá gobernar sobre mis tierras. Aquella que lo haga debe ser magnánima, comprensiva y cautelosa, a la par que fuerte y sabia, pues Dios sabe que algún día deberá enfrentarse a cruentas batallas. Y esa mujer no podrá ser otra que nuestra joven Elladora.
El cepillo se deslizaba con deliberada lentitud entre los cabellos de la joven Lieslotte. La luz del atardecer iluminaba el salón del trono a través de los ventanales que tanta admiración causaban en toda la comarca, deslizándose por los cojines sobre los que descansaba la Princesa Sin Reino y por el largo vestido de la Heredera. Los colores de la tela eclipsaban incluso los de aquellas preciosas ventanas. Todo el mundo la miraba, todo el mundo le sonreía, todos la querían. ¿Quién no desearía una reina tan bella, tan amable, tan encantadora? ¿Quién no desearía a la sucesora como futura esposa?
Los pretendientes habían volado de la vida de Lieslotte a las faldas de Elladora. No les culpaba, ni les guardaba rencor por ello. Nunca le habían gustado, en realidad. Siempre suplicando como buitres un mísero título nobiliario, un pequeño palacio junto al mar. ¡Y ahora ella no podía ofrecerles ni sus restos! No, ahora los desperdicios eran para ella. Una pobre aldea llena de campesinos que la mirarían con asco y miedo cuando se dignase a salir del castillo por no ser como su hermana, por ser la oruga en vez de la mariposa, por ser el ogro en vez del hada, ¡por no ser la bendita Elladora!
¿Por qué no podía haber sido hija única? ¿Por qué tenían que haber sido gemelas? ¿Por qué no podía… ser ella la buena?
Porque siempre estaría Elladora, claro. Ella no sería tan mala si no tuviesen otra preciosa princesa con quien compararla. Ella sería la ideal reina si fuese la única heredera.
El cepillo se deslizaba con deliberada lentitud entre los cabellos de la joven Lieslotte. La luz del atardecer iluminaba el salón del trono a través de los ventanales que tanta admiración causaban en toda la comarca, deslizándose por los cojines sobre los que descansaba la Princesa Sin Reino, pero la oscuridad había invadido sus pensamientos.
Pronto, la oscuridad también cayó sobre las almenas del castillo. Las velas se consumían en sus candelabros y las energías de toda la corte acompañaban a la cera que goteaba sobre las mesas de madera. Las princesas no tardaron en retirarse a sus aposentos. Sin embargo, ninguna de ellas dormía. La luna se deslizó por el cielo nocturno, bailando entre las estrellas, mientras los pensamientos de ambas hermanas continuaban danzando junto a ellas.
Elladora presentía que iba a ocurrir algo malo. Desde que había abierto los ojos aquella mañana había sentido que no iba a ser un día normal y esa incómoda sensación había ido creciendo y creciendo hasta oprimirle el pecho. No iba a poder dormir. Resignándose a esa certeza se deslizó fuera de las suaves sábanas de lino y comenzó a caminar por la fría piedra del pasillo. Un paso, luego otro, sin romper el silencio del refugio en que había convertido, inconscientemente, su castillo.
Estaba huyendo. No estaba segura de por qué lo hacía, ni de qué era lo que la perseguía, pero tenía la certidumbre de que debía que alejarse de aquel lugar si no quería que sus premoniciones se cumplieran. Lo que Elladora no sabía era que el tiempo de dejar todo a un lado, de correr llevando a cuestas sólo los latidos que mantenían a flote su corazón asustado, había quedado atrás hacía demasiado tiempo. Quince años antes, en el momento en que un pequeño bebé decidió no venir al mundo sólo, su destino fue sellado como si tratase del más valioso tesoro.
Aquella señal no llegó. Sin embargo, Elladora percibió claramente cuando esa tenebrosa sombra tomó su decisión.
- ¡Vete!- exclamó, intentando prender aquella última chispa de esperanza.- ¡Sé que estás ahí! ¿Qué creías, que no te descubriría?- la valentía de la sangre azul se mezclaba con la adrenalina en sus venas, formando el coctel explosivo que se sirve a los que esperan el tren a la vida eterna.- Lo hice hace mucho tiempo, antes incluso de que tú misma lo supieras. A pesar de eso, a pesar de todo, ¿vas a seguir con esto?- inspiró profundamente, imbuyéndose de un aire que nunca más volvería a respirar.-¡Vete!- volvió a gritar. No hubo respuesta.- Me iré yo, si así lo deseas.- su voz se quebró en un sollozo infantil pues, al fin y al cabo, sólo era una niña.- Pero por favor… por favor… haz que acabe esta tortura. ¡Yo no tuve la culpa! Yo no quise nunca…- sus cortos mechones dorados como el sol, como las estrellas, se fundieron con las lágrimas, sus últimas pasajeras.
Liesel gritó como no lo había hecho nunca. Su pecho subía y bajaba al ritmo que el llanto empapaba sus mejillas. Intentó secarlas, intentó soltarse, pero no podía siquiera deslizarse fuera de su cama. Angustiada, giró su cabeza en todas direcciones, para encontrarse tan sólo con difusas manchas blancas. En aquel lugar todo era blanco, todo era pulcro, todo parecía brillante y puro, menos su alma.
La enfermera asió una jeringuilla y le susurró palabras de consuelo que sólo incrementaron su profunda y eterna ira. Los medicamentos se deslizaron por sus venas, antiguos compañeros dichosos por volver a verla. Sus labios susurraron un auxilio antes de que sus ojos se convirtieran de nuevo en profundas cavernas.
La enfermera le dedicó una mirada de lástima a la joven niña y salió de la habitación, encerrándola, sin saberlo, en una locura que podría haber sido pasajera.
- ¿Cuál es el diagnóstico?
El doctor cerró la puerta y, mirando distraídamente hacia el prometedor día que se dibujaba tras las ventanas, musitó:
- Esquizofrenia.