No quieres estar solo porque siempre lo has estado, pero te da miedo buscar compañía en otros, pensando que te acabarán abandonando tarde o temprano.

Mortífago - Metanfetamina

domingo, 22 de mayo de 2011

La princesa Sin Reino


Título: La princesa Sin Reino
Fecha: 06/03/11

Descripción: Relato "corto" que presenté a uno de los múltiples concursos que no aprecian mi arte D: Historia sobre el poder, la locura y la sangre, repleto de dobles sentidos y tristes trasfondos. Disfrutad.
Otros: Siempre me imaginé a las gemelas como las dos caras de Taylor Momsen. Sobretodo a Lieslotte. Dios, es clavada.

La princesa
Sin Reino

- Más. Mucho más.- mascullaba la pequeña princesa. Sus manos asían el aire, frustradas por no encontrar que parecía tanto ansiar.

No podía… no lo conseguía… estaba tan lejos. No. Estaba cerca. Era eso. Estaba allí, danzando entre sus dedos como si se burlase de ella. Por mucho que lo intentase, escapaba. Una y otra vez, al igual que su sueño.

- ¿Se encuentra bien, señorita?- susurró la nodriza acariciando los cabellos rubios de la niña. Ella abrió los ojos y recibió la luz de la mañana sin parpadear. Su furia le impedía hacer otra cosa que no fuese apretar los dientes y ahogar un grito entre las mantas. De nada servía golpear la almohada con los puños, o regañar al servicio. El sueño no volvería. Siempre acababa en el mismo lugar. No importaba cuánto tiempo hubiese estado dormida. La imagen de una sombra huyendo de sus brazos se repetía como un bucle durante horas y horas, una y otra vez, una y otra vez…

Con un brusco ademán, apartó a la criada y saltó sobre la alfombra, arrastrando su pelo tras de sí como una estela de las noches en vela de su mente, una estela que nunca parecía acabar, que nunca acabaría. El milagro fascinaba a todo el reino. Crecía y crecía, cubriendo las baldosas del castillo con mantos dorados que estaban por terminar. Sin embargo, la pequeña lo odiaba con todas sus fuerzas. Cada noche que sufría su pesadilla, diez centímetros de nuevo cabello rubio amanecían junto a ella.

Años atrás, furiosa, había intentado cortarlos, pero en cuanto un mechón rozaba el suelo, la melena renacía, más fuerte y brillante que nunca. Desde esa fallida primera vez, lo había vuelto a intentar demasiadas veces. Sabía que era inútil, pero le producía un tortuoso placer ver como, por un mágico segundo, el manto de sueños no estaba allí, y sólo veía una traviesa niña en el espejo.

Esa era una de las razones por las que odiaba tanto a su hermana. Habían nacido con el mismo cabello que parecía desafiar al sol con sus rayos. Pero las estrellas gemelas habían decidido brillar con distinta intensidad. La adorable Elladora poseía una suave melena que apenas rozaba sus hombros, enmarcando su rostro de eternas sonrisas y mirada encantadora. A su lado, Lieslotte parecía el monstruo del cuento, la muñeca estropeada que descansa polvorienta en un estante tan sólo porque a sus dueños les da lástima tirarla.

Porque eso era ella para sus padres. Oh, claro que lo era. Los primeros años, las dos pequeñas fueron un regalo de los dioses, una sorpresa inesperada. Pero a medida que el tiempo pasaba, los pétalos de rosa que cubrían las aguas de su futuro se fueron marchitando, revelando el oscuro pozo que se ocultaba tras ellas. Y una pregunta comenzó a surgir bajo aquellas relucientes coronas: Cuando el rey muera, ¿cuál de nuestras hijas se convertirá en reina?

La decisión no se presentó fácil en un principio. Las princesas, que apenas habían sobrepasado el lustro de vida, parecían dos gotas de agua en su particular lago. Sin embargo, el día de su décimo cumpleaños, las aguas de ese tranquilo remanso se enturbiaron. Elladora y Lieslotte ya no parecían las mismas. Los azules ojos de la primera se asemejaban a un despejado cielo de una cálida mañana, pero los de la otra muchacha… pocos eran ya los que se atrevían a sumergirse en la estremecedora oscuridad que el azul de sus ojos retrataba. Curiosamente, ella no parecía asustada o intimidada ante este hecho. Todo lo contrario. Cada día el hielo de su mirada se hacía más frío e imponente. La corta melena de Elladora iluminaba todos los lugares por donde la chiquilla pasaba mientras que los largos cabellos de Lieslotte habían perdido el brillo que los caracterizaba, tornándose cada día más y más claros, casi níveos, pero tan pulcros como extraños, sin rastro de la suciedad que deberían haber arrastrado.

Los reyes no anunciaron su decisión hasta el día que sus dos únicas hijas cumplieron quince años. La duda les atenazaba. El mismo impulso que les había obligado a inclinarse por un lado de la balanza les susurraba asustado que no revelasen el secreto, que pasaría algo malo. Pero si algo había caracterizado a aquel reino era la valentía y es estoicismo de sus soberanos. Así que, olvidando sus miedos, el Rey alzó su copa y exclamó con voz clara y estridente el destino de su legado:

- Hoy, mis dos tesoros más preciados se convierten en mujeres dignas de un trono. Hoy, mis dos pequeñas se convierten en futuras reinas. Sin embargo, sólo una de ellas podrá gobernar sobre mis tierras. Aquella que lo haga debe ser magnánima, comprensiva y cautelosa, a la par que fuerte y sabia, pues Dios sabe que algún día deberá enfrentarse a cruentas batallas. Y esa mujer no podrá ser otra que nuestra joven Elladora.

Los vítores inundaron la sala, pero una silenciosa fuerza más temible que el enemigo de la peor calaña acalló las celebraciones del pueblo. No se oyó un cristal quebrarse contra la piedra, no se oyó ni la más leve blasfemia, pero ese silencio fue más estremecedor que cualquier rugido. Un dragón en llamas prendía la calma y toda persona que allí se encontraba supo en ese instante que su fuego no se apagaría hasta que la preciosa estrella que un día les habría de guiar ocultase su brillo por toda la eternidad.

El cepillo se deslizaba con deliberada lentitud entre los cabellos de la joven Lieslotte. La luz del atardecer iluminaba el salón del trono a través de los ventanales que tanta admiración causaban en toda la comarca, deslizándose por los cojines sobre los que descansaba la Princesa Sin Reino y por el largo vestido de la Heredera. Los colores de la tela eclipsaban incluso los de aquellas preciosas ventanas. Todo el mundo la miraba, todo el mundo le sonreía, todos la querían. ¿Quién no desearía una reina tan bella, tan amable, tan encantadora? ¿Quién no desearía a la sucesora como futura esposa?

Los pretendientes habían volado de la vida de Lieslotte a las faldas de Elladora. No les culpaba, ni les guardaba rencor por ello. Nunca le habían gustado, en realidad. Siempre suplicando como buitres un mísero título nobiliario, un pequeño palacio junto al mar. ¡Y ahora ella no podía ofrecerles ni sus restos! No, ahora los desperdicios eran para ella. Una pobre aldea llena de campesinos que la mirarían con asco y miedo cuando se dignase a salir del castillo por no ser como su hermana, por ser la oruga en vez de la mariposa, por ser el ogro en vez del hada, ¡por no ser la bendita Elladora!

¿Por qué no podía haber sido hija única? ¿Por qué tenían que haber sido gemelas? ¿Por qué no podía… ser ella la buena?

Porque siempre estaría Elladora, claro. Ella no sería tan mala si no tuviesen otra preciosa princesa con quien compararla. Ella sería la ideal reina si fuese la única heredera.

El cepillo se deslizaba con deliberada lentitud entre los cabellos de la joven Lieslotte. La luz del atardecer iluminaba el salón del trono a través de los ventanales que tanta admiración causaban en toda la comarca, deslizándose por los cojines sobre los que descansaba la Princesa Sin Reino, pero la oscuridad había invadido sus pensamientos.

Pronto, la oscuridad también cayó sobre las almenas del castillo. Las velas se consumían en sus candelabros y las energías de toda la corte acompañaban a la cera que goteaba sobre las mesas de madera. Las princesas no tardaron en retirarse a sus aposentos. Sin embargo, ninguna de ellas dormía. La luna se deslizó por el cielo nocturno, bailando entre las estrellas, mientras los pensamientos de ambas hermanas continuaban danzando junto a ellas.

Elladora presentía que iba a ocurrir algo malo. Desde que había abierto los ojos aquella mañana había sentido que no iba a ser un día normal y esa incómoda sensación había ido creciendo y creciendo hasta oprimirle el pecho. No iba a poder dormir. Resignándose a esa certeza se deslizó fuera de las suaves sábanas de lino y comenzó a caminar por la fría piedra del pasillo. Un paso, luego otro, sin romper el silencio del refugio en que había convertido, inconscientemente, su castillo.

Estaba huyendo. No estaba segura de por qué lo hacía, ni de qué era lo que la perseguía, pero tenía la certidumbre de que debía que alejarse de aquel lugar si no quería que sus premoniciones se cumplieran. Lo que Elladora no sabía era que el tiempo de dejar todo a un lado, de correr llevando a cuestas sólo los latidos que mantenían a flote su corazón asustado, había quedado atrás hacía demasiado tiempo. Quince años antes, en el momento en que un pequeño bebé decidió no venir al mundo sólo, su destino fue sellado como si tratase del más valioso tesoro.

Le faltaba el aire. ¿Cuándo había comenzado a correr? El fino camisón se pegaba a su cuerpo por el sudor que no tardó en ser acompañado por las lágrimas. No había remedio, y por fin lo había aceptado. Dejó de caminar y aguzó el oído, temiendo a la par que ansiando escuchar esos pasos que la habían acosado.

Aquella señal no llegó. Sin embargo, Elladora percibió claramente cuando esa tenebrosa sombra tomó su decisión.

- ¡Vete!- exclamó, intentando prender aquella última chispa de esperanza.- ¡Sé que estás ahí! ¿Qué creías, que no te descubriría?- la valentía de la sangre azul se mezclaba con la adrenalina en sus venas, formando el coctel explosivo que se sirve a los que esperan el tren a la vida eterna.- Lo hice hace mucho tiempo, antes incluso de que tú misma lo supieras. A pesar de eso, a pesar de todo, ¿vas a seguir con esto?- inspiró profundamente, imbuyéndose de un aire que nunca más volvería a respirar.-¡Vete!- volvió a gritar. No hubo respuesta.- Me iré yo, si así lo deseas.- su voz se quebró en un sollozo infantil pues, al fin y al cabo, sólo era una niña.- Pero por favor… por favor… haz que acabe esta tortura. ¡Yo no tuve la culpa! Yo no quise nunca…- sus cortos mechones dorados como el sol, como las estrellas, se fundieron con las lágrimas, sus últimas pasajeras.

Apartó su precioso y brillante pelo, envidia y deseo de todas las doncellas y acariciando por última vez su destino perdido, deslizó la plateada hoja por su cuello. La melena de Lieslotte no se bañó en la sangre que empapaba el vestido de la heredera. El elixir de la vida no se deslizó por sus manos hasta profanar sus vestiduras, pues, como bien se sabe, la suciedad no mancha la basura.

Liesel gritó como no lo había hecho nunca. Su pecho subía y bajaba al ritmo que el llanto empapaba sus mejillas. Intentó secarlas, intentó soltarse, pero no podía siquiera deslizarse fuera de su cama. Angustiada, giró su cabeza en todas direcciones, para encontrarse tan sólo con difusas manchas blancas. En aquel lugar todo era blanco, todo era pulcro, todo parecía brillante y puro, menos su alma.

- ¿Se encuentra bien, señorita?- susurró una enfermera, acariciando los albos cabellos de la muchacha. Liesel volvió a gritar. ¿Quién era esa mujer que también aparecía en sus pesadillas? Todo parecía un mal sueño. Sin embargo, era su vida.

La enfermera asió una jeringuilla y le susurró palabras de consuelo que sólo incrementaron su profunda y eterna ira. Los medicamentos se deslizaron por sus venas, antiguos compañeros dichosos por volver a verla. Sus labios susurraron un auxilio antes de que sus ojos se convirtieran de nuevo en profundas cavernas.

La enfermera le dedicó una mirada de lástima a la joven niña y salió de la habitación, encerrándola, sin saberlo, en una locura que podría haber sido pasajera.

- ¿Cuál es el diagnóstico?

El doctor cerró la puerta y, mirando distraídamente hacia el prometedor día que se dibujaba tras las ventanas, musitó:

- Esquizofrenia.


viernes, 1 de abril de 2011

Noche griega


Título: Noche griega

Fecha: 01/04/11

Descripción: Flashback sobre Brontë/Kynthia, la pareja griega por excelencia *-*

Otros: Aquí tenéis el único rol (creo ò.o) de los personajes: http://mythical.foroactivo.com/t38-playa-de-ammoudi


Noche griega


Noche.

El manto de estrellas cae sobre la pequeña isla en medio de la nada, a orillas de un mundo de aguas demasiado revueltas. La luz de la luna griega acuna a su pequeño pueblo, a la olvidada Mykonos, sumergida en la magia del mar Egeo.

Una ventana abierta deja deslizarse el murmullo de las olas a ese último reducto de paz. Luces y sombras se confunden entre caricias, besos y suspiros. Sus figuras se deslizan en la oscuridad como amantes secretos que a nadie quieren despertar. Porque esa noche es sólo suya. Para siempre.

Sus ásperas manos se estremecen de placer al rozar la piel tan suave de ella. Su boca recorre su cuello, su espalda. Un tirante se deja caer en medio de la oscuridad. Pero ellos no ven nada. Con los ojos cerrados, un cuerpo descubre al otro. Los abrazos se convierten en miradas y cada beso se expresa mejor que cualquier palabra.

Ella le detiene. Su mano palpita junto a su corazón salvaje, natural; único, no hay nada igual. Roza sus labios salados con un dulce susurro.

- ¿Por qué me elegiste?- pregunta, niña, acariciando su torso, prendiendo su océano allí por donde pasa.

Desenreda su pelo antes de contestar. Sus dedos navegan, sabios, dirigidos al igual que su conocido barco.

- Nunca había visto mayor belleza que la del mar. Sus olas, su vida, sus movimientos… en cierto modo, danzaba. Y cuando era de noche, cuando ya no había nadie más, se calmaba y bailaba sólo para mí.- sus dedos caminan en silencio hasta su clavícula.- Se movía de una manera especial. Porque estaba sólo, porque era libre y, a pesar de eso, había decidido permanecer allí.- acaricia su piel, una y otra vez. Sólo para ella.- Y cuando te vi… me miraste de forma extraña, pero sólo mostraste una sonrisa, cerraste los ojos y seguiste bailando. El aire te acariciaba de una forma única, como sólo hace con el mar. Parecías tan tranquila… - las yemas se aproximan a su mirada cerrada y caen por sus párpados.- Y siempre que te miro, siento esa calma. Siento que estoy en un sueño y que tu polvo de hadas nunca me dejará despertar.- la toma de las manos con cuidado, como a una muñeca de porcelana y la hace girar.- Siento que la bailarina de mi caja de música nunca parará de bailar.

Al son de su nana particular, ambos caen en la cama. Las olas continúan recorriendo la arena allí abajo, en la playa, pero en la habitación reina el silencio de su pasión. Ella abre los ojos.

- ¿Nada más?

- Nada más.

Sus cejas oscuras se contraen. ¿Nada más?

- Me basta.

Sus dedos de cristal se sumergen en la inmensidad de sus rizos oscuros. Nadan, exploran y disfrutan sin respirar.

La tensión de su espalda se rinde ante el contacto de esas gotas de vida líquida, esa música que escapa de cada uno de los movimientos de la muchacha. Inhala. Busca aliento en su boca.

- Te amo.

Kynthia sella sus ansiosos labios y las palabras se consumen entre las llamas.

Todo está oscuro. Todos duermen, pero ella continúa despierta. La brisa marina juega con los cabellos que caen por su espalda mientras observa el cuerpo de Brontë revolverse entre las sábanas. Las olas le quieren, el mar le llama. Él también baila. Cada vez que el barco se desliza entre la tempestad, ejercita su danza particular. Violenta, salvaje y emocionante, hasta que el pescador calma las aguas, las acaricia, las ama. No les guarda rencor. No es capaz de odiarlas. No es capaz de odiar a nadie. Sus fuertes labios sólo dejan salir palabras amables y mariposas que te roban las palabras. Sus manos rudas tan sólo dedican caricias, y su corazón es como una rosa roja, brillante, que nunca se deja marchitar por la escarcha.

En cambio el suyo, de piedra, palpita, imbuido de ardiente lava. Es un volcán en erupción que cubrirá de cenizas todo aquello que tanto amaba. Y tiene miedo de dejarlas salir, de que todo se consuma sin que ella pueda hacer nada. Porque puede controlar sus pasos, sus giros, su danza, pero no esa fuerza que la arrastra.

Acaricia sus rizos oscuros. Su rostro continúa tranquilo. Descansa. Explora con un dedo el perfil de su cara. Resbala por su nariz y van a parar a esa fortaleza sagrada. Una fortaleza que ha susurrado esas palabras.

Y ella no ha sido capaz de responder. Temía que los oídos del muchacho escuchasen lo que no esperaban. Pero el silencio de la noche es amable. El silencio de la noche le agrada. El silencio de la noche le invita a confesar lo que con tanto recelo guardaba.

- Te quiero.- susurra en su oído.

La luna le sonríe y ella se relaja. Más calmada, se sumerge entre las sábanas.

La siente deslizarse junto a su espalda, sus manos, suaves, en torno a él entrelazadas. En secreto, abre los ojos, sonríe, y da gracias al destino por esa preciosa bailarina que continúa girando en su caja.

jueves, 24 de marzo de 2011

Historia de una primavera


Título: Historia de una primavera

Fecha: 24/03/11

Descripción: Anoche tuve un sueño. Un sueño que... oh, dios. Fue tan maravilloso y aterrador a la vez. Creo que fue algo importante. Y necesitaba escri
birlo, contárselo a alguien. So, that's it.

Otros: Las hormonas, que son muy malas.


Historia de una primavera


Hoy has venido.

Llovía. Pero tú estabas allí. No te oí llegar. Sólo… estaba esperando. Por una vez, no a ti. O quizá sí. No lo sé. Creo que entonces tampoco lo sabía.

Simplemente apareciste y te sentaste junto a mí, sin mirarme, sin mirarnos. Me dabas la espalda. En realidad, los dos lo hacíamos. Sin embargo, tú te giraste. Lo hiciste, joder. Y comenzaste recitarme al oído, suave, sin levantar la voz, pero tu fuerza llegaba hasta a mí. Parecías tan enfadado, tan ansioso. Me instabas con cada verso, con cada palabra. Sé que tengo que mover ficha. O quizá sea el momento de dejar caer el rey y abandonar la partida. No lo sé. Contigo no sé nada.

Pero ese momento… supe que era sólo nuestro, que era importante. Había esperado tanto tiempo, que tuve miedo de romperlo. Guardé todas las palabras en ese corazón mío que, estúpido, se había emocionado. Al fin me giré y te miré como nunca lo había hecho. Estabas serio, preocupado. Tenías miedo de que no entendiese tu mensaje. Y aún ahora me pregunto, ¿lo entiendo?

Tú seguías clavándome esa mirada tuya que tanto me asusta. Me da miedo porque no sé qué es lo que veo en ella, porque el océano es muy grande y yo ni siquiera sé a qué saben sus olas. Y tú sólo dejas que los rayos caigan sobre ellas, y tus ojos parecen azules como el cielo y grises como la tormenta.
El silencio de las gotas lo invadía todo, borrando con su agua las mentiras. Entonces atropellaron a la chica.
Corrí para ayudarla. No estaba herida. La furgoneta, blanca, no había hecho mucho por lastimarla. Sin embargo, necesitaba ayuda. Me volví desde la carretera para pedírtela y me devolviste la mirada como sólo tú sabes hacerlo. Suave. Cruel. Profundo. Sin sonrisas, provocando esa eterna duda.

Oscuro.

Te volví a mirar, ya no eras tú. Y nunca más lo serías. La sangre se me congeló en las venas. Ya no eras él. Eras otra persona. Había desaparecido el chico de poema.

Cuando me he despertado, la lluvia intentaba colarse por las ventanas.

Hoy te he vuelto a ver.

Una vez más, nos hemos mirado. Cielo y tierra, luchando a ambos lados de la frontera. Y me he preguntado en qué momento me convertí en la estúpida chica de la carretera.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Nunca es tarde si la dicha es buena

Título: "Nunca es tarde si la dicha es buena"

Fecha: 16/12/10

Descripción: Tan sólo un one-shot de Silver y Spring, esa pareja mítica e.é Se supone que también es un trabajo de clase inspirado en el refrán "Nunca es tarde si la dicha es buena".

Otros: Me gusta el estilo que he utilizado en este. Quizá sí que consiga dejar de lado ese extraño verso.

Ah, y espero que no me diga nada tipo "Está incompleto" o así; si no lo entiendes, será tu culpa :D


Nunca es tarde si la dicha es buena

La primera vez que Silver Johnson vio a Springless Pain pensó que la dirección del colegio no sabía lo que eran once años. Con facilidad le sacaría una cabeza, y su mirada era, claramente, cien veces mayor. Pero quizá por eso fue por lo que se fijó en él, porque era completamente opuesto a ella.

Cuando descubrió que pasarían juntos los siguientes siete años, montó en cólera durante varios días, pese a que cuidó mucho de que nadie lo descubriera. Cada vez que alguien le preguntaba qué le pasaba, se limitaba a coger sus libros y mirar al frente. Razón por la cual un día, por sólo mirar al cielo, se chocó con él.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila. ¿Quieres una?- preguntó, ofreciéndole con cortesía una fruta amarilla.
Silver, viendo en ello no sólo una simple invitación a compartir la merienda, sino una proposición de amistad que implicase demasiada simpatía, declinó la oferta con la cabeza muy alta.
- Yo no tomo fruta.
Y desapareció por los pasillos.

Desde entonces, su tiempo libre parecía estar consagrado a evitar al pequeño Pain. Miraba por las esquinas antes de girar, e incluso llegó a utilizar espejos para no encontrarse con él. No se daba cuenta de que, en el fondo, era una prueba de que le importaba.

Sin embargo, tiempo después, cuando ambos ya tenían la misma estatura, Silver bajó la guardia y, como si él lo hubiese olido, se chocó con ella otra vez.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila.- la menté de Silver viajó años atrás, al primer encuentro de la muchacha con trenzas y el niño con pecas.- Te ofrecería una, pero sé que no te gustan.- se agachó para terminar de recoger las cosas de la chica, las colocó junto a sus libros, y esta vez fue él quien desapareció por el pasillo.
Silver se quedó de piedra durante unos minutos. Creía que ni ella misma se acordaba de eso. Se supone que los enemigos intentan no pensar el uno en el otro. Quizá, al fin y al cabo, no se llevasen tan mal como ella pensaba.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, siguió su camino a la biblioteca.

El día en que sus andanzas como estudiante llegarían a su fin se le antojaba espantoso. Por un momento pensó que era culpa de su terrible afición por los estudios y el conocimiento, pero algo le decía que ese no era el verdadero motivo.
Decidió dejar de lado esa reflexión mientras terminaba de guardar sus cosas en el baúl que había llevado a la estación desde que fue por primera vez a vivir a ese lugar, cuando sólo era una niña. Le resultaba extraña la idea de no volver a ver jamás los conocidos muros de piedra y todos esos ojos curiosos que trataban de copiar de sus exámenes.
En cuanto puso un pie en el tren, se dio cuenta de que eso se trataba. No echaría de menos a Faith, a Mel o a Anya, pues mantendría el contacto con ellas por carta, sino a esa persona con quien nunca llegó a hablar de verdad.
Asumiendo por fin ese secreto que no había confiado ni a sí misma, se deslizó por los pasillos del Expreso en busca de una nariz moteada oculta bajo ese oscuro flequillo.
Llamó suavemente a la puerta y, sin esperar respuesta, formuló su pregunta:
- ¿Aún te quedan bananas?

viernes, 3 de diciembre de 2010

Don't panic

Título: Cuarto relato del concurso WizzHard Books xD
Fecha: 25-27/10/2009
Descipción: relato de terror (se supone e.é) ambientado en Hogwarts. ningún personaje conocido.

Otros: Sé que es de hace la tira, pero no sé dónde tengo el original y, si desapareciese de la página de donde lo he rescatado, no podría recuperarlo. Y bueno, como soy muy egocéntrica, me gustaría tener aquí colgado el relato con que gané el concurso de Halloween del Andén (;_;) :D

Don't panic

“…participaron gran cantidad de magos y duendes, pero luego resultó un fiasco ya que Ug el Informal había pagado con oro de los leprechauns.
Anemia Ripley, 4º de Gryffindor”

La muchacha dejó la pluma sobre la mesa y se frotó los ojos cansados de tanto esfuerzo. Llevaba toda la noche haciendo las tareas atrasadas y repasando con la única luz que proporcionaba la chimenea. La medianoche había pasado ya hace horas y el sueño la tentaba. El cómodo sofá de su sala común no era de gran ayuda. Lo único que mantenía despierta era la terrible tormenta que se estaba desatando afuera. La cortina de agua no permitía ver más allá de la ventana y el estruendo de los truenos había estado ocultando el rasgueo de su pluma contra el papel y los sospechosos sonidos procedentes de la entrada a la torre.
Bostezó y cerró el libro de Historia de la Magia, renunciando a intentar aprenderse los nombres de todos los duendes que participaron en la Revuelta. Lentamente comenzó a recoger los pergaminos llenos de apuntes que había desparramados sobre el suelo, peligrosamente cerca del fuego. Sintiendo que iba a caerse rendida en cualquier momento, ascendió por las escaleras hasta su dormitorio. Con todo el cuidado del mundo, giró el picaporte y empujó la puerta. Un sonoro chirrido tiró por tierra sus silenciosas intenciones. Miró a sus compañeras de cuarto, preocupada durante unos instantes, pero ninguna se había despertado. Si no lo habían hecho con aquel penetrante frío y el extraño ruido que… Se detuvo un momento, aún con la mano en el picaporte y un escalofrío recorrió su espalda. Recordó todo lo que había estudiado sobre los dementores y temió por su salud mental. Recorrió lentamente la estancia con la mirada y descubrió el origen del ambiente que reinaba. Una de sus amigas se había dejado la ventana abierta cuando había subido a acostarse. Soltó la puerta e inmediatamente después un golpe la hizo girarse. Tan solo había sido el portazo que había provocado la corriente. Se obligó a sí misma a calmarse. Solo porque fuese de noche, estuviese oscuro y no hubiese nadie más despierto en todo el castillo no tenía que comportarse como una niña de primero, tonta y asustadiza.
Guardó los libros en su baúl y cerró la ventana, pero por poco no se pilló su mano izquierda. Realmente se estaba comportando de una forma muy estúpida. Primero la puerta, luego la ventana y, por último, el haberse olvidado de llevar una luz consigo para no matarse. De todas formas no merecía la pena encenderla ya. Con el pijama en una mano y el cepillo de dientes en la otra se encaminó hacia el baño. Allí todo le resultó más fácil.
Unas velas alumbraban levemente la estancia dándole un toque un tanto siniestro. Con parsimonia se cambió de ropa y dobló su uniforme. Siguiendo con su ritual puso un poco de pasta verde, de menta, sobre su cepillo y se frotó los dientes con energía mientras tarareaba una canción. Con los ojos cerrados escupió la espuma y se enjuagó bien con el agua, aprovechando para lavarse la cara. No levantó la vista mientras se secaba el rostro, pero quizá debería haberlo hecho. Sus ojos ambarinos se toparon con unas pupilas que la observaban ávidamente, rodeadas por un intenso y estremecedor iris borgoña. Notaba el frío que desprendía su visitante al exhalar y susurrar en su oído. Las velas se apagaron sin producir un simple ruido.
El hombre recorrió con la punta de su varita la silueta de su presa en silencio. La muchacha no se atrevía a enfrentarse a su mirada. Cerró los ojos y tanteó su bolsillo desesperada en busca de su arma. Unos finos dedos, helados, suaves, se cerraron en torno a su muñeca y presionaron sin piedad. La varita cayó de sus manos. La chica notó como cada una de las fisuras recorría sus huesos e, impulsivamente pisó a su agresor. Su agresor la soltó con un siseo de desagrado y desapareció. Anemia no lloró de alivio, ni suspiró, ni se abrazó a sí misma como habría hecho cualquier persona normal después de una situación como aquella. Porque ella sabía algo, algo que la aterraba, la carcomía y amenazaba con matarla antes que su asesino. Volvería y, con toda seguridad, esa misma noche, en ese castillo, para degollarla, cortarla en pedacitos y saborear su dolor como si fuese un delicioso caramelo. Aprisa se agachó y tanteó el suelo en busca de su varita. Reconoció el tacto en cuanto lo rozó con las yemas de sus dedos. La agarró con manos temblorosas e intentó curarse la muñeca.
- Episkey…- murmuró con voz pastosa. El rayo de magia no alcanzó su objetivo. Al tercer intento consiguió hacerse un apaño medianamente aceptable, teniendo en cuenta que su voz temblaba de puro terror. Se levantó lentamente y se atrevió a volver a su cuarto, alerta. Sus pies descalzos rozaban la madera, provocándole algún que otro arañazo en las plantas. Pero ella no miró al suelo, ni siquiera a su alrededor. Tenía miedo de girarse y encontrarse de nuevo frente a esos ojos aterradores, crueles, obsesivos. Por segunda vez esa noche tuvo un accidente por no dar la luz.
- ¡Lumos!- el terror, el cansancio y la constante alerta habían terminado por cabrearla. Ya no le importaba chillar. Si ya la había encontrado una vez, nada le impedía volver a hacerlo. El hechizo hizo efecto a la primera. Un pequeño rayo de luz iluminó una pequeña zona de oscuridad, como una linterna muggle. Caminó con cuidado entre las camas hasta la suya propia y descubrió que la ventana seguí abierta. Le daba miedo hasta acercarse a ella, pero más aún dormir sin haberla cerrado. Pensaba los paso antes de darlos y cada gota contra el cristal le producía intensos temblores. Al fin llegó junto al alféizar y sacó las manos a la cortina de agua para agarrar las contraventanas.

Sonrió. Veía su espalda, sus curvas. Podía oler su sangre y su miedo, saborearlos desde allí mismo, estaba tan cerca… y tan sumamente asustada. Se deslizó a través de la habitación. Tres metros, dos, uno…

Una maldición impactó contra su cuerpo. Pero no lo entendía. Él debía estar fuera. ¿Por qué la había atacado desde atrás? Ni siquiera podía cerciorarse de su posición, la había inmovilizado completamente. Pareció leerle el pensamiento. Sin rozarla realizó una floritura en el aire y su cuerpo giró hasta que pudieron mirarse a los ojos. Lo que vio en ellos no la tranquilizó lo más mínimo. Furia, ansias, hambre, ni un ápice de compasión. Su sonrisa malévola contribuía a su aspecto monstruoso. Alzó la varita y, con un hechizo que ella desconocía, trazó en su pecho una cruz sangrante, realmente dolorosa. Lo peor de aquello era no poder gritar, ser incapaz de pedir ayuda a cualquiera de sus amigas, aunque las pusiese en peligro a ellas también. Anemia no era valiente, ni tenía mucha estima a sus compañeras. ¡Solo quería que parase de una vez! La sangre empapaba su camiseta y goteaba al suelo. Cuando hubo finalizado su obra, cesó el dolor. Pero si ella creía que eso había sido lo peor estaba terriblemente equivocada. La apuntó una vez más y la hizo arrodillarse frente a él. Sus heridas protestaron. La miró desde arriba, sintiéndose poderoso. Su sangre le había excitado. La iba a hacer sufrir. Oh, claro que sí…
- Crucio.- susurró. Ella descubrió la satisfacción que torturarla le producía en su voz. Y ésta fue en aumento cuando sus huesos se quebraron, su piel se rasgó y todas y cada una de sus células comenzaron a arder. Pero nada era real. La maldición torturaba a su cerebro y éste se negaba a soportar todo el dolor solo. Cada vez se sentía peor. ¡¿Por qué no la mataba ya?! Quería que todo acabase ya, no entendía como su cuerpo aguantaba los latigazos que se producían por doquier. Las lágrimas se fundían con la lluvia, que no amainaba. Él pareció satisfecho cuando ella se desplomó sobre el suelo. Chascó la lengua y con una simple patada, la envió afuera, a la tormenta, a su muerte. ¿De veras había creído que pronunciaría la Avada Kedavra? No, sería demasiado…placentero para la niña.
Anemia abrió los ojos mientras vivía sus últimos instantes. Pero ya no caía, se encontraba boca abajo sobre su mullido colchón. Lloró de puro alivio. Aún llevaba el uniforme puesto. Se había quedado dormida. Gracias a Godric había sido una pesadilla. Sonrió y cogió sus útiles de aseo de la mesilla de noche. Se giró para marcharse al aseo y su corazón se congeló. Su asesino estaba allí, sonriente, esperándola. La varita apuntaba a su pecho una vez más, elegante, impredecible, mortal.

martes, 9 de noviembre de 2010

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Título: Cuenta atrás
Fecha: 17/10/10
Descipción: Esto... coso inspirado en Los Juegos del Hambre. Eso sí, ni Katniss, ni Peeta, ni spoilers.
Otros: El borrador del que procede iba a ser el principio de un relato para un concurso de LJDH (Distrito 14), pero al final no me dio tiempo. Así que lo cambié un poco y ¡voilá!, relato corto :D
Cuenta Atrás "Si a un pueblo no le importa morir, ¿de qué sirve amenazarlo con la
muerte?"

Sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho.
Abro los ojos.

Haces de luz, revoltosos, esquivos, llegan a mi rostro, limpio, puro, infantil. El rostro de una muñeca de porcelana con la que el Capitolio quiere jugar. Y no está sola. Una colección de veinticuatro juguetes, aún sin estrenar, esperan, desconcertados, escuchar la señal.
El Sol no nos dará tregua. En realidad, ya nos está hostigando. Los rayos tímidos que me recibieron en los primeros segundos de pánico se convierten en cegadoras armas cuando se topan en su camino con la dorada superficie de la Cornucopia.

Cuarenta y seis, cuarenta y cinco, cuarenta y cuatro.
¿Dónde estamos?

Lucho por ver algo, por ignorar el calor húmedo y sofocante que nos está matando. Levanto la vista. Sobre mí algunas hojas de un horroroso árbol desconocido intentan salvarme del astro dorado. A pesar de la distancia, creo que nos están rodeando. Estamos en algún tipo de claro. Mis ojos viajan hasta los pies. Las botas altas, negras, cobran un significado. Las suelas no tardarán en empaparse de un barro pastoso, mezcla de agua, tierra y otros ingredientes indeterminados. Me gustaría escarbar, apartarlo con las duras puntas de los zapatos. Tengo la esperanza de que haya algo debajo. Tierra firme, tierra seca, tierra por la que correr.

Treinta y cinco, treinta y cuatro, treinta y tres.
¿Qué se supone que voy a hacer?

El tiempo corre en mi contra y los elementos han decidido hacerse sus aliados. No es la primera vez que tengo que aguantar temperaturas tan altas, ni el acoso incesante del sol, incluso a mediodía, pero allá, en mi casa, la brisa marina y la proximidad de aquella inmensa extensión de agua salada prometían un momento de alivio al acabar la jornada. Por mucho que estuviese prohibido hacer ese tipo de descansos, o que los agentes de la paz debiesen evitarlo, todos volvíamos al hogar con los tobillos, o incluso el vestido entero, empapados. “No he visto venir la ola”, decíamos. Yo tampoco la vi venir hasta que fue demasiado tarde, hasta que una corriente cuya fuerza, con mucho, me ha superado, me arrastró hasta unos juegos que me están arrebatando el alma, la vida, pedazo a pedazo. Y ni siquiera han empezado.

Veintidós, veintiuno, veinte.
¡En menos de medio minuto voy a enfrentarme a la muerte!

Me empiezo a agobiar. Noto el poco desayuno que he conseguido tragar trepar por mi estómago. La ansiedad no ha dudado en acompañarlo. Unos jadeos acuden por cuenta propia a mis labios. ¿Mamá, dónde estás? ¡Ven aquí! ¡Sálvame! Por favor, ¡solo tengo trece años!
Antes de que las lágrimas afloren, la morena mejilla derecha de la que soy dueña recibe una bofetada en mi mente. ¿Qué se supone que estás haciendo? ¡A saber si te queda algo de tiempo!
Con los ojos aún ligeramente empañados, consigo centrarme en los pocos metros que tengo delante. Parece que no está todo tan mojado. Incluso podría alcanzar la pequeña bolsa negra que reposa a suficientes metros del centro como para poder echar a correr a tiempo. “¿De veras?” me susurra la cruel voz de la realidad al oído “¿Y a dónde irás luego? No lo sabes, ¿verdad? Derechita al infierno.”

Quince, catorce, trece.
El mundo se detiene.

Los músculos de mis compañeros y enemigos se tensan. Percibo sus gargantas, desecadas por los nervios, tragar la poca osadía que les queda. Un muchacho se rinde antes de empezar. Se abraza a sí mismo y comienza a llorar. Sabe que no sobrevivirá. ¿Y yo? ¿Qué será de mí? ¿Quién me matará?
Vuelvo a olvidarme de la bolsa, de la tierra, de las botas. Mis pensamientos vagan por el pasado, niños de nuevo; acarician los recuerdos con la punta de los dedos, los besan, lloran por ellos. Esas criaturas risueñas que corrían por la playa, sintiendo que solo existían ellos, ¿volveré algún día a verlos? ¿Volveré a reír, a soñar, a vivir? Jamás, ya he muerto. ¿Para qué segar más vidas, por qué destrozar más cuerpos? ¿Para qué siquiera hacer que gasten sus esfuerzos?

Nueve, ocho, siete.
La lucidez vuelve.

Extrañamente, ya no siento revolotear sobre mí la sombra de la muerte. El terror irracional, la sensación de quedarse sin resuello, la angustia de no volver a salir a un mundo que llegué a creer perfecto.
No quiero hacer esto.

Seis, cinco, cuatro.
Me despido agitando la mano.

Mis dedos juguetean con el aire. Lo atrapan, lo sienten, le dejan escapar. Sonrío. Pronto pasará lo mismo con un último suspiro. Sacudo la cabeza durante un instante. Algunos mechones pajizos se escapan, salvajes, no tienen miedo de marcharse.
Mis pies tampoco. El derecho, aventurero, les acompaña en su viaje.

Tres.
La mina no tarda en responder.
Dos.
Ni siquiera oigo la explosión.
Uno.
Las pantallas se inundan de humo.
Cero.
Bienvenidos a los Juegos.

lunes, 8 de noviembre de 2010

#3 - Palabras


Pensamientos de una noche fresca #4 - Palabras
09/11/10

Palabras.
Trazos en el aire, suaves, sugerentes, aún sin forma determinada. Trazos en la mente, ansiosos por salir de esa oscura cámara cerrada. Trazos en el papel que, dudando, se convierten, poco a poco, en lo que deseaban. Trazos en la pantalla, perfectos, siempre iguales, cuando no mancillados por personas para las que no significan nada.

Sonidos.
De labios tímidos, impacientes, que ansían encontrar esa señal, ese aviso, para decir, por fin, lo que tanto ansiaban. De labios salvajes, expertos, que destripan sentimientos, ilusiones, que han decidido no esperar al tiempo. De labios sinceros, sonrientes, que no necesitan garantía para saber que son bien recibidos, esperados, conocidos.

Palabras encerradas entre labios de madera, labios sellados para siempre, labios que saben que no se les espera. Sonidos que nunca existirán, lamentándose por esa cobardía, culpando a sus eternos captores por desperdiciarlos de esa manera.

Pero la culpa ya atormenta a sus dueños. Dueños rabiosos, tristes, cobardes, que, vacíos de esperanza, deciden no contárselo a nadie, sin saber que cuando al fin puedan liberarlo ya será demasiado tarde.