Título: "Nunca es tarde si la dicha es buena"
Fecha: 16/12/10
Descripción: Tan sólo un one-shot de Silver y Spring, esa pareja mítica e.é Se supone que también es un trabajo de clase inspirado en el refrán "Nunca es tarde si la dicha es buena".
Otros: Me gusta el estilo que he utilizado en este. Quizá sí que consiga dejar de lado ese extraño verso.
Ah, y espero que no me diga nada tipo "Está incompleto" o así; si no lo entiendes, será tu culpa :D
Nunca es tarde si la dicha es buena

La primera vez que Silver Johnson vio a Springless Pain pensó que la dirección del colegio no sabía lo que eran once años. Con facilidad le sacaría una cabeza, y su mirada era, claramente, cien veces mayor. Pero quizá por eso fue por lo que se fijó en él, porque era completamente opuesto a ella.
Cuando descubrió que pasarían juntos los siguientes siete años, montó en cólera durante varios días, pese a que cuidó mucho de que nadie lo descubriera. Cada vez que alguien le preguntaba qué le pasaba, se limitaba a coger sus libros y mirar al frente. Razón por la cual un día, por sólo mirar al cielo, se chocó con él.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila. ¿Quieres una?- preguntó, ofreciéndole con cortesía una fruta amarilla.
Silver, viendo en ello no sólo una simple invitación a compartir la merienda, sino una proposición de amistad que implicase demasiada simpatía, declinó la oferta con la cabeza muy alta.
- Yo no tomo fruta.
Y desapareció por los pasillos.
Desde entonces, su tiempo libre parecía estar consagrado a evitar al pequeño Pain. Miraba por las esquinas antes de girar, e incluso llegó a utilizar espejos para no encontrarse con él. No se daba cuenta de que, en el fondo, era una prueba de que le importaba.
Sin embargo, tiempo después, cuando ambos ya tenían la misma estatura, Silver bajó la guardia y, como si él lo hubiese olido, se chocó con ella otra vez.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila.- la menté de Silver viajó años atrás, al primer encuentro de la muchacha con trenzas y el niño con pecas.- Te ofrecería una, pero sé que no te gustan.- se agachó para terminar de recoger las cosas de la chica, las colocó junto a sus libros, y esta vez fue él quien desapareció por el pasillo.
Silver se quedó de piedra durante unos minutos. Creía que ni ella misma se acordaba de eso. Se supone que los enemigos intentan no pensar el uno en el otro. Quizá, al fin y al cabo, no se llevasen tan mal como ella pensaba.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, siguió su camino a la biblioteca.
El día en que sus andanzas como estudiante llegarían a su fin se le antojaba espantoso. Por un momento pensó que era culpa de su terrible afición por los estudios y el conocimiento, pero algo le decía que ese no era el verdadero motivo.
Decidió dejar de lado esa reflexión mientras terminaba de guardar sus cosas en el baúl que había llevado a la estación desde que fue por primera vez a vivir a ese lugar, cuando sólo era una niña. Le resultaba extraña la idea de no volver a ver jamás los conocidos muros de piedra y todos esos ojos curiosos que trataban de copiar de sus exámenes.
En cuanto puso un pie en el tren, se dio cuenta de que eso se trataba. No echaría de menos a Faith, a Mel o a Anya, pues mantendría el contacto con ellas por carta, sino a esa persona con quien nunca llegó a hablar de verdad.
Asumiendo por fin ese secreto que no había confiado ni a sí misma, se deslizó por los pasillos del Expreso en busca de una nariz moteada oculta bajo ese oscuro flequillo.
Llamó suavemente a la puerta y, sin esperar respuesta, formuló su pregunta:
- ¿Aún te quedan bananas?
Cuando descubrió que pasarían juntos los siguientes siete años, montó en cólera durante varios días, pese a que cuidó mucho de que nadie lo descubriera. Cada vez que alguien le preguntaba qué le pasaba, se limitaba a coger sus libros y mirar al frente. Razón por la cual un día, por sólo mirar al cielo, se chocó con él.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila. ¿Quieres una?- preguntó, ofreciéndole con cortesía una fruta amarilla.
Silver, viendo en ello no sólo una simple invitación a compartir la merienda, sino una proposición de amistad que implicase demasiada simpatía, declinó la oferta con la cabeza muy alta.
- Yo no tomo fruta.
Y desapareció por los pasillos.
Desde entonces, su tiempo libre parecía estar consagrado a evitar al pequeño Pain. Miraba por las esquinas antes de girar, e incluso llegó a utilizar espejos para no encontrarse con él. No se daba cuenta de que, en el fondo, era una prueba de que le importaba.
Sin embargo, tiempo después, cuando ambos ya tenían la misma estatura, Silver bajó la guardia y, como si él lo hubiese olido, se chocó con ella otra vez.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila.- la menté de Silver viajó años atrás, al primer encuentro de la muchacha con trenzas y el niño con pecas.- Te ofrecería una, pero sé que no te gustan.- se agachó para terminar de recoger las cosas de la chica, las colocó junto a sus libros, y esta vez fue él quien desapareció por el pasillo.
Silver se quedó de piedra durante unos minutos. Creía que ni ella misma se acordaba de eso. Se supone que los enemigos intentan no pensar el uno en el otro. Quizá, al fin y al cabo, no se llevasen tan mal como ella pensaba.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, siguió su camino a la biblioteca.
El día en que sus andanzas como estudiante llegarían a su fin se le antojaba espantoso. Por un momento pensó que era culpa de su terrible afición por los estudios y el conocimiento, pero algo le decía que ese no era el verdadero motivo.
Decidió dejar de lado esa reflexión mientras terminaba de guardar sus cosas en el baúl que había llevado a la estación desde que fue por primera vez a vivir a ese lugar, cuando sólo era una niña. Le resultaba extraña la idea de no volver a ver jamás los conocidos muros de piedra y todos esos ojos curiosos que trataban de copiar de sus exámenes.
En cuanto puso un pie en el tren, se dio cuenta de que eso se trataba. No echaría de menos a Faith, a Mel o a Anya, pues mantendría el contacto con ellas por carta, sino a esa persona con quien nunca llegó a hablar de verdad.
Asumiendo por fin ese secreto que no había confiado ni a sí misma, se deslizó por los pasillos del Expreso en busca de una nariz moteada oculta bajo ese oscuro flequillo.
Llamó suavemente a la puerta y, sin esperar respuesta, formuló su pregunta:
- ¿Aún te quedan bananas?
Muchísimas gracias por hacerte seguidora de la bitácora que uso para mis clases de música del instituto. De verdad que no esperaba que la cosa generara ningún seguidor.
ResponderEliminarUn cordial saludo.