Título: Raindrops keep falling on my head
Fecha: Hmm... Abril-Mayo 2010
Descripción: Todo comienza con un hombre extraño y solitario... con un extraño y solitario trabajo.
Otros: Participé con esto en el concurso de Coca-Cola. Quedé primera en la fase provincial :D
Raindrops keep falling on my head
El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel, de un amarillo ceniciento, era testigo de las penurias que su dueño acostumbraba a recordar. Pues, aunque le pesase, aquella era la única vida que tendría jamás, una vida que se escapaba en cada suspiro y que volvía a él por medio de la de los demás.Se encontraba de pie en la escalinata de la catedral, contemplando con sus ojos, grises como la tormenta que arreciaba la ciudad, cada personaje atrevido que se aventuraba bajo la lluvia con un paraguas y su determinación como únicas armas. Dio una última calada a su cigarrillo y lo dejó caer sin más. Con un suspiro, se puso en marcha hacia su inexorable destino de cada día, ajeno al agua que calaba su vieja gabardina pasada de moda; como él, como su existencia, como todo lo bueno que tenía.
Caminó por calles y callejones durante horas que se le antojaron demasiado cortas y, por fin, llamó a la puerta del caserón. Esperó unos minutos hasta que una mujer de mediana edad desplazó la madera y miró a ambos lados, desconcertada, antes de volverla a cerrar maldiciendo por lo bajo al chiquillo que le hubiese gastado la broma. Él sonrió tristemente a la portera, alegrándose en secreto por la suerte que tenía de no percatarse de su presencia, e inició su ascenso por las escaleras. Al llegar al piso señalado, repitió la misma operación que en la calle y, casi al instante, una nueva puerta se abrió, aquella que se encontraba a sus espaldas. Una muchacha que había alcanzado la veintena saló al descansillo, azorada. El hombre esperó a que volviese a su casa pero, sin embargo, ella le dirigió la palabra
- Disculpe, ¿es usted el doctor Ayala?- él asintió en silencio, mintiendo como siempre sin ningún pudor ante las situaciones inesperadas. En los últimos tiempos, se había dedicado a vagar cual alma en pena hacia el lugar indicado y buscar a aquellas personas que, sin saberlo, se condenaban con tan solo decir “Hola”.- Entonces, creo… creo que viene usted aquí.
Él se limitó a seguirla hasta su vivienda, con los ojos fijos en ella, aceptando sin ningún sobresalto cada mirada furtiva que ella le dirigía. Le condujo a través de oscuros pasillos hasta un estrecho dormitorio que hedía a enfermedad. Una mujer de no más de cuarenta años se encontraba en la cama, respirando trabajosamente, la frente perlada de frío sudor.
- Madre, alguien ha venido a verte.
La enferma abrió levemente los ojos y examinó al hombre que estaba a la diestra de su hija.
- Es el doctor. Te vas a poner bien. Todo va a acabar ya.- susurró la muchacha, acercándose a ella y tomándole una pálida mano entre las suyas. Al menos en una cosa no se equivocaba, pensó él, todo acabaría con más presteza de lo que ambas esperaban.
Él tomó el maletín que siempre llevaba consigo, lleno de las cosas más variadas que uno pudiese imaginas, y caminó con seguridad hacia la moribunda. Dejó sus cosas en el suelo, se hizo con una cuchara que reposaba sobre la mesilla y habló. Habló con una voz suave, ronca y sugerente, propia de gángster de telefilm. Una voz que convenía desoír, temer y olvidar, pero que, por suerte o por desgracia, solo se podía amar.
Tiempo después, la escena se repetía y, como ya era rutina, la muchacha acompañaba al supuesto doctor a la puerta.
- No pasará de esta noche.
- Lo sé.- murmuró ella, alicaída y desesperada.- ¿Querría… querría quedarse? No me veo capaz de enfrentarme a esto sola.- sus ojos estaban fijos en él, dulces, brillantes, enamorados. Lo esperaba, lo sabía, siempre ocurría así. Como había previsto semanas atrás, el día de su primera visita, su respuesta, afirmativa, la alegró incluso más de lo que podía haberlo hecho la recuperación de su madre.
-Le prepararé una cama, entonces.- sentenció, intentando reprimir una sonrisa.
Apenas unos minutos atrás, un reloj había dado doce campanadas. Ambos contemplaban a la mujer, que no tenía fuerzas ya ni para abrir los ojos. Sin embargo, movió los labios en un vano intento de pronunciar sus últimas palabras. La hora había llegado.
- Ve a por agua.- sugirió él, viendo cómo su momento también estaba por empezar.
La chica salió con presteza del cuarto. Él esperó un momento y, esbozando una sonrisa, se levantó de su butaca.
El vaso se rompió contra el suelo. El hombre vio en su joven mirada la necesidad de consuelo y se acercó a ella rodeándola con sus débiles brazos. Cuando rompió a llorar y se aferró a su cuerpo con fuerza, supo que no tardaría en reunirse con su madre. Acarició su espalda y colocó una mano con delicadeza en su barbilla. Sus miradas se encontraron en la noche. Él acercó su boca lentamente a sus labios entreabiertos y la besó. Su fuerza fue suficiente para transportar el frágil cadáver hasta donde reposaba su única familia. Observó durante unos minutos los cuerpos inertes de ambas mujeres y salio de aquella casa vacía de vida.
Llovía de nuevo. Él se arrebujó en su amada gabardina y caminó calle abajo, de camino hacia el preludio de un nuevo funeral. No estaba triste, no estaba alegre; las emociones eran un lujo que no podía permitirse alguien como él, alguien como el ángel de la muerte.
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