No quieres estar solo porque siempre lo has estado, pero te da miedo buscar compañía en otros, pensando que te acabarán abandonando tarde o temprano.

Mortífago - Metanfetamina

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Nunca es tarde si la dicha es buena

Título: "Nunca es tarde si la dicha es buena"

Fecha: 16/12/10

Descripción: Tan sólo un one-shot de Silver y Spring, esa pareja mítica e.é Se supone que también es un trabajo de clase inspirado en el refrán "Nunca es tarde si la dicha es buena".

Otros: Me gusta el estilo que he utilizado en este. Quizá sí que consiga dejar de lado ese extraño verso.

Ah, y espero que no me diga nada tipo "Está incompleto" o así; si no lo entiendes, será tu culpa :D


Nunca es tarde si la dicha es buena

La primera vez que Silver Johnson vio a Springless Pain pensó que la dirección del colegio no sabía lo que eran once años. Con facilidad le sacaría una cabeza, y su mirada era, claramente, cien veces mayor. Pero quizá por eso fue por lo que se fijó en él, porque era completamente opuesto a ella.

Cuando descubrió que pasarían juntos los siguientes siete años, montó en cólera durante varios días, pese a que cuidó mucho de que nadie lo descubriera. Cada vez que alguien le preguntaba qué le pasaba, se limitaba a coger sus libros y mirar al frente. Razón por la cual un día, por sólo mirar al cielo, se chocó con él.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila. ¿Quieres una?- preguntó, ofreciéndole con cortesía una fruta amarilla.
Silver, viendo en ello no sólo una simple invitación a compartir la merienda, sino una proposición de amistad que implicase demasiada simpatía, declinó la oferta con la cabeza muy alta.
- Yo no tomo fruta.
Y desapareció por los pasillos.

Desde entonces, su tiempo libre parecía estar consagrado a evitar al pequeño Pain. Miraba por las esquinas antes de girar, e incluso llegó a utilizar espejos para no encontrarse con él. No se daba cuenta de que, en el fondo, era una prueba de que le importaba.

Sin embargo, tiempo después, cuando ambos ya tenían la misma estatura, Silver bajó la guardia y, como si él lo hubiese olido, se chocó con ella otra vez.
- ¿Qué demonios…? ¡Mira por donde vas!
- Perdona.- contestó él con una sencilla sonrisa.- No conseguía sacar las bananas de la mochila.- la menté de Silver viajó años atrás, al primer encuentro de la muchacha con trenzas y el niño con pecas.- Te ofrecería una, pero sé que no te gustan.- se agachó para terminar de recoger las cosas de la chica, las colocó junto a sus libros, y esta vez fue él quien desapareció por el pasillo.
Silver se quedó de piedra durante unos minutos. Creía que ni ella misma se acordaba de eso. Se supone que los enemigos intentan no pensar el uno en el otro. Quizá, al fin y al cabo, no se llevasen tan mal como ella pensaba.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, siguió su camino a la biblioteca.

El día en que sus andanzas como estudiante llegarían a su fin se le antojaba espantoso. Por un momento pensó que era culpa de su terrible afición por los estudios y el conocimiento, pero algo le decía que ese no era el verdadero motivo.
Decidió dejar de lado esa reflexión mientras terminaba de guardar sus cosas en el baúl que había llevado a la estación desde que fue por primera vez a vivir a ese lugar, cuando sólo era una niña. Le resultaba extraña la idea de no volver a ver jamás los conocidos muros de piedra y todos esos ojos curiosos que trataban de copiar de sus exámenes.
En cuanto puso un pie en el tren, se dio cuenta de que eso se trataba. No echaría de menos a Faith, a Mel o a Anya, pues mantendría el contacto con ellas por carta, sino a esa persona con quien nunca llegó a hablar de verdad.
Asumiendo por fin ese secreto que no había confiado ni a sí misma, se deslizó por los pasillos del Expreso en busca de una nariz moteada oculta bajo ese oscuro flequillo.
Llamó suavemente a la puerta y, sin esperar respuesta, formuló su pregunta:
- ¿Aún te quedan bananas?

viernes, 3 de diciembre de 2010

Don't panic

Título: Cuarto relato del concurso WizzHard Books xD
Fecha: 25-27/10/2009
Descipción: relato de terror (se supone e.é) ambientado en Hogwarts. ningún personaje conocido.

Otros: Sé que es de hace la tira, pero no sé dónde tengo el original y, si desapareciese de la página de donde lo he rescatado, no podría recuperarlo. Y bueno, como soy muy egocéntrica, me gustaría tener aquí colgado el relato con que gané el concurso de Halloween del Andén (;_;) :D

Don't panic

“…participaron gran cantidad de magos y duendes, pero luego resultó un fiasco ya que Ug el Informal había pagado con oro de los leprechauns.
Anemia Ripley, 4º de Gryffindor”

La muchacha dejó la pluma sobre la mesa y se frotó los ojos cansados de tanto esfuerzo. Llevaba toda la noche haciendo las tareas atrasadas y repasando con la única luz que proporcionaba la chimenea. La medianoche había pasado ya hace horas y el sueño la tentaba. El cómodo sofá de su sala común no era de gran ayuda. Lo único que mantenía despierta era la terrible tormenta que se estaba desatando afuera. La cortina de agua no permitía ver más allá de la ventana y el estruendo de los truenos había estado ocultando el rasgueo de su pluma contra el papel y los sospechosos sonidos procedentes de la entrada a la torre.
Bostezó y cerró el libro de Historia de la Magia, renunciando a intentar aprenderse los nombres de todos los duendes que participaron en la Revuelta. Lentamente comenzó a recoger los pergaminos llenos de apuntes que había desparramados sobre el suelo, peligrosamente cerca del fuego. Sintiendo que iba a caerse rendida en cualquier momento, ascendió por las escaleras hasta su dormitorio. Con todo el cuidado del mundo, giró el picaporte y empujó la puerta. Un sonoro chirrido tiró por tierra sus silenciosas intenciones. Miró a sus compañeras de cuarto, preocupada durante unos instantes, pero ninguna se había despertado. Si no lo habían hecho con aquel penetrante frío y el extraño ruido que… Se detuvo un momento, aún con la mano en el picaporte y un escalofrío recorrió su espalda. Recordó todo lo que había estudiado sobre los dementores y temió por su salud mental. Recorrió lentamente la estancia con la mirada y descubrió el origen del ambiente que reinaba. Una de sus amigas se había dejado la ventana abierta cuando había subido a acostarse. Soltó la puerta e inmediatamente después un golpe la hizo girarse. Tan solo había sido el portazo que había provocado la corriente. Se obligó a sí misma a calmarse. Solo porque fuese de noche, estuviese oscuro y no hubiese nadie más despierto en todo el castillo no tenía que comportarse como una niña de primero, tonta y asustadiza.
Guardó los libros en su baúl y cerró la ventana, pero por poco no se pilló su mano izquierda. Realmente se estaba comportando de una forma muy estúpida. Primero la puerta, luego la ventana y, por último, el haberse olvidado de llevar una luz consigo para no matarse. De todas formas no merecía la pena encenderla ya. Con el pijama en una mano y el cepillo de dientes en la otra se encaminó hacia el baño. Allí todo le resultó más fácil.
Unas velas alumbraban levemente la estancia dándole un toque un tanto siniestro. Con parsimonia se cambió de ropa y dobló su uniforme. Siguiendo con su ritual puso un poco de pasta verde, de menta, sobre su cepillo y se frotó los dientes con energía mientras tarareaba una canción. Con los ojos cerrados escupió la espuma y se enjuagó bien con el agua, aprovechando para lavarse la cara. No levantó la vista mientras se secaba el rostro, pero quizá debería haberlo hecho. Sus ojos ambarinos se toparon con unas pupilas que la observaban ávidamente, rodeadas por un intenso y estremecedor iris borgoña. Notaba el frío que desprendía su visitante al exhalar y susurrar en su oído. Las velas se apagaron sin producir un simple ruido.
El hombre recorrió con la punta de su varita la silueta de su presa en silencio. La muchacha no se atrevía a enfrentarse a su mirada. Cerró los ojos y tanteó su bolsillo desesperada en busca de su arma. Unos finos dedos, helados, suaves, se cerraron en torno a su muñeca y presionaron sin piedad. La varita cayó de sus manos. La chica notó como cada una de las fisuras recorría sus huesos e, impulsivamente pisó a su agresor. Su agresor la soltó con un siseo de desagrado y desapareció. Anemia no lloró de alivio, ni suspiró, ni se abrazó a sí misma como habría hecho cualquier persona normal después de una situación como aquella. Porque ella sabía algo, algo que la aterraba, la carcomía y amenazaba con matarla antes que su asesino. Volvería y, con toda seguridad, esa misma noche, en ese castillo, para degollarla, cortarla en pedacitos y saborear su dolor como si fuese un delicioso caramelo. Aprisa se agachó y tanteó el suelo en busca de su varita. Reconoció el tacto en cuanto lo rozó con las yemas de sus dedos. La agarró con manos temblorosas e intentó curarse la muñeca.
- Episkey…- murmuró con voz pastosa. El rayo de magia no alcanzó su objetivo. Al tercer intento consiguió hacerse un apaño medianamente aceptable, teniendo en cuenta que su voz temblaba de puro terror. Se levantó lentamente y se atrevió a volver a su cuarto, alerta. Sus pies descalzos rozaban la madera, provocándole algún que otro arañazo en las plantas. Pero ella no miró al suelo, ni siquiera a su alrededor. Tenía miedo de girarse y encontrarse de nuevo frente a esos ojos aterradores, crueles, obsesivos. Por segunda vez esa noche tuvo un accidente por no dar la luz.
- ¡Lumos!- el terror, el cansancio y la constante alerta habían terminado por cabrearla. Ya no le importaba chillar. Si ya la había encontrado una vez, nada le impedía volver a hacerlo. El hechizo hizo efecto a la primera. Un pequeño rayo de luz iluminó una pequeña zona de oscuridad, como una linterna muggle. Caminó con cuidado entre las camas hasta la suya propia y descubrió que la ventana seguí abierta. Le daba miedo hasta acercarse a ella, pero más aún dormir sin haberla cerrado. Pensaba los paso antes de darlos y cada gota contra el cristal le producía intensos temblores. Al fin llegó junto al alféizar y sacó las manos a la cortina de agua para agarrar las contraventanas.

Sonrió. Veía su espalda, sus curvas. Podía oler su sangre y su miedo, saborearlos desde allí mismo, estaba tan cerca… y tan sumamente asustada. Se deslizó a través de la habitación. Tres metros, dos, uno…

Una maldición impactó contra su cuerpo. Pero no lo entendía. Él debía estar fuera. ¿Por qué la había atacado desde atrás? Ni siquiera podía cerciorarse de su posición, la había inmovilizado completamente. Pareció leerle el pensamiento. Sin rozarla realizó una floritura en el aire y su cuerpo giró hasta que pudieron mirarse a los ojos. Lo que vio en ellos no la tranquilizó lo más mínimo. Furia, ansias, hambre, ni un ápice de compasión. Su sonrisa malévola contribuía a su aspecto monstruoso. Alzó la varita y, con un hechizo que ella desconocía, trazó en su pecho una cruz sangrante, realmente dolorosa. Lo peor de aquello era no poder gritar, ser incapaz de pedir ayuda a cualquiera de sus amigas, aunque las pusiese en peligro a ellas también. Anemia no era valiente, ni tenía mucha estima a sus compañeras. ¡Solo quería que parase de una vez! La sangre empapaba su camiseta y goteaba al suelo. Cuando hubo finalizado su obra, cesó el dolor. Pero si ella creía que eso había sido lo peor estaba terriblemente equivocada. La apuntó una vez más y la hizo arrodillarse frente a él. Sus heridas protestaron. La miró desde arriba, sintiéndose poderoso. Su sangre le había excitado. La iba a hacer sufrir. Oh, claro que sí…
- Crucio.- susurró. Ella descubrió la satisfacción que torturarla le producía en su voz. Y ésta fue en aumento cuando sus huesos se quebraron, su piel se rasgó y todas y cada una de sus células comenzaron a arder. Pero nada era real. La maldición torturaba a su cerebro y éste se negaba a soportar todo el dolor solo. Cada vez se sentía peor. ¡¿Por qué no la mataba ya?! Quería que todo acabase ya, no entendía como su cuerpo aguantaba los latigazos que se producían por doquier. Las lágrimas se fundían con la lluvia, que no amainaba. Él pareció satisfecho cuando ella se desplomó sobre el suelo. Chascó la lengua y con una simple patada, la envió afuera, a la tormenta, a su muerte. ¿De veras había creído que pronunciaría la Avada Kedavra? No, sería demasiado…placentero para la niña.
Anemia abrió los ojos mientras vivía sus últimos instantes. Pero ya no caía, se encontraba boca abajo sobre su mullido colchón. Lloró de puro alivio. Aún llevaba el uniforme puesto. Se había quedado dormida. Gracias a Godric había sido una pesadilla. Sonrió y cogió sus útiles de aseo de la mesilla de noche. Se giró para marcharse al aseo y su corazón se congeló. Su asesino estaba allí, sonriente, esperándola. La varita apuntaba a su pecho una vez más, elegante, impredecible, mortal.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cuenta Atrás

Título: Cuenta atrás
Fecha: 17/10/10
Descipción: Esto... coso inspirado en Los Juegos del Hambre. Eso sí, ni Katniss, ni Peeta, ni spoilers.
Otros: El borrador del que procede iba a ser el principio de un relato para un concurso de LJDH (Distrito 14), pero al final no me dio tiempo. Así que lo cambié un poco y ¡voilá!, relato corto :D
Cuenta Atrás "Si a un pueblo no le importa morir, ¿de qué sirve amenazarlo con la
muerte?"

Sesenta, cincuenta y nueve, cincuenta y ocho.
Abro los ojos.

Haces de luz, revoltosos, esquivos, llegan a mi rostro, limpio, puro, infantil. El rostro de una muñeca de porcelana con la que el Capitolio quiere jugar. Y no está sola. Una colección de veinticuatro juguetes, aún sin estrenar, esperan, desconcertados, escuchar la señal.
El Sol no nos dará tregua. En realidad, ya nos está hostigando. Los rayos tímidos que me recibieron en los primeros segundos de pánico se convierten en cegadoras armas cuando se topan en su camino con la dorada superficie de la Cornucopia.

Cuarenta y seis, cuarenta y cinco, cuarenta y cuatro.
¿Dónde estamos?

Lucho por ver algo, por ignorar el calor húmedo y sofocante que nos está matando. Levanto la vista. Sobre mí algunas hojas de un horroroso árbol desconocido intentan salvarme del astro dorado. A pesar de la distancia, creo que nos están rodeando. Estamos en algún tipo de claro. Mis ojos viajan hasta los pies. Las botas altas, negras, cobran un significado. Las suelas no tardarán en empaparse de un barro pastoso, mezcla de agua, tierra y otros ingredientes indeterminados. Me gustaría escarbar, apartarlo con las duras puntas de los zapatos. Tengo la esperanza de que haya algo debajo. Tierra firme, tierra seca, tierra por la que correr.

Treinta y cinco, treinta y cuatro, treinta y tres.
¿Qué se supone que voy a hacer?

El tiempo corre en mi contra y los elementos han decidido hacerse sus aliados. No es la primera vez que tengo que aguantar temperaturas tan altas, ni el acoso incesante del sol, incluso a mediodía, pero allá, en mi casa, la brisa marina y la proximidad de aquella inmensa extensión de agua salada prometían un momento de alivio al acabar la jornada. Por mucho que estuviese prohibido hacer ese tipo de descansos, o que los agentes de la paz debiesen evitarlo, todos volvíamos al hogar con los tobillos, o incluso el vestido entero, empapados. “No he visto venir la ola”, decíamos. Yo tampoco la vi venir hasta que fue demasiado tarde, hasta que una corriente cuya fuerza, con mucho, me ha superado, me arrastró hasta unos juegos que me están arrebatando el alma, la vida, pedazo a pedazo. Y ni siquiera han empezado.

Veintidós, veintiuno, veinte.
¡En menos de medio minuto voy a enfrentarme a la muerte!

Me empiezo a agobiar. Noto el poco desayuno que he conseguido tragar trepar por mi estómago. La ansiedad no ha dudado en acompañarlo. Unos jadeos acuden por cuenta propia a mis labios. ¿Mamá, dónde estás? ¡Ven aquí! ¡Sálvame! Por favor, ¡solo tengo trece años!
Antes de que las lágrimas afloren, la morena mejilla derecha de la que soy dueña recibe una bofetada en mi mente. ¿Qué se supone que estás haciendo? ¡A saber si te queda algo de tiempo!
Con los ojos aún ligeramente empañados, consigo centrarme en los pocos metros que tengo delante. Parece que no está todo tan mojado. Incluso podría alcanzar la pequeña bolsa negra que reposa a suficientes metros del centro como para poder echar a correr a tiempo. “¿De veras?” me susurra la cruel voz de la realidad al oído “¿Y a dónde irás luego? No lo sabes, ¿verdad? Derechita al infierno.”

Quince, catorce, trece.
El mundo se detiene.

Los músculos de mis compañeros y enemigos se tensan. Percibo sus gargantas, desecadas por los nervios, tragar la poca osadía que les queda. Un muchacho se rinde antes de empezar. Se abraza a sí mismo y comienza a llorar. Sabe que no sobrevivirá. ¿Y yo? ¿Qué será de mí? ¿Quién me matará?
Vuelvo a olvidarme de la bolsa, de la tierra, de las botas. Mis pensamientos vagan por el pasado, niños de nuevo; acarician los recuerdos con la punta de los dedos, los besan, lloran por ellos. Esas criaturas risueñas que corrían por la playa, sintiendo que solo existían ellos, ¿volveré algún día a verlos? ¿Volveré a reír, a soñar, a vivir? Jamás, ya he muerto. ¿Para qué segar más vidas, por qué destrozar más cuerpos? ¿Para qué siquiera hacer que gasten sus esfuerzos?

Nueve, ocho, siete.
La lucidez vuelve.

Extrañamente, ya no siento revolotear sobre mí la sombra de la muerte. El terror irracional, la sensación de quedarse sin resuello, la angustia de no volver a salir a un mundo que llegué a creer perfecto.
No quiero hacer esto.

Seis, cinco, cuatro.
Me despido agitando la mano.

Mis dedos juguetean con el aire. Lo atrapan, lo sienten, le dejan escapar. Sonrío. Pronto pasará lo mismo con un último suspiro. Sacudo la cabeza durante un instante. Algunos mechones pajizos se escapan, salvajes, no tienen miedo de marcharse.
Mis pies tampoco. El derecho, aventurero, les acompaña en su viaje.

Tres.
La mina no tarda en responder.
Dos.
Ni siquiera oigo la explosión.
Uno.
Las pantallas se inundan de humo.
Cero.
Bienvenidos a los Juegos.

lunes, 8 de noviembre de 2010

#3 - Palabras


Pensamientos de una noche fresca #4 - Palabras
09/11/10

Palabras.
Trazos en el aire, suaves, sugerentes, aún sin forma determinada. Trazos en la mente, ansiosos por salir de esa oscura cámara cerrada. Trazos en el papel que, dudando, se convierten, poco a poco, en lo que deseaban. Trazos en la pantalla, perfectos, siempre iguales, cuando no mancillados por personas para las que no significan nada.

Sonidos.
De labios tímidos, impacientes, que ansían encontrar esa señal, ese aviso, para decir, por fin, lo que tanto ansiaban. De labios salvajes, expertos, que destripan sentimientos, ilusiones, que han decidido no esperar al tiempo. De labios sinceros, sonrientes, que no necesitan garantía para saber que son bien recibidos, esperados, conocidos.

Palabras encerradas entre labios de madera, labios sellados para siempre, labios que saben que no se les espera. Sonidos que nunca existirán, lamentándose por esa cobardía, culpando a sus eternos captores por desperdiciarlos de esa manera.

Pero la culpa ya atormenta a sus dueños. Dueños rabiosos, tristes, cobardes, que, vacíos de esperanza, deciden no contárselo a nadie, sin saber que cuando al fin puedan liberarlo ya será demasiado tarde.

#2 - Borrachera

Pensamientos de una noche fresca #2 - Borrachera
07/11/10

Te tumbas. Te tapas. Das un par de vueltas, calentando la cama. Suspiras y cierras los ojos. Las sombras aguardan. La noche está cerca. ¡Espera! No duermas. No mires. No sientas. Piensa.
Reflexiona. Cuenta. Utiliza los dedos si te hace falta. Tócalos, siente sus yemas. ¿Con cuántas personas sales? ¿Cuántos grupos frecuentas? Muchos, ¿verdad? Eres la monda, eres divina, toda tu vida en una fiesta.
Reflexiona. Cuenta. ¿Cuántos “Te quiero” has recibido? ¿Cuántos “Te amo, mi piruleta”? ¿Cuántas palabras, cuántas promesas?
Reflexiona. Cuenta. ¿Cuántas de las personas que en su día te lo dijeron siguen a tu lado, fieles, leales, amigas buenas? ¿Cuántas de esas personas fueron realmente sinceras? Oh, quizá muchas, quién sabe si la prole completa. Pero, ¿esos sentimientos, en el fondo, existían? ¿O tan solo eran falsas promesas?
Puede que aún estén a tu lado, puede que aún te ofrezcan un vaso para que bebas. Puede que aún te tiendan un cigarro, que te sonrían, que aún algo te ofrezcan.
Reflexiona. Cuenta. ¿Y si sólo sois compañeros de fiesta? ¿Y si sólo os encontráis en las verbenas? ¿Y si sólo te llaman cuando en el horizonte se dibujan cosas buenas? ¿Y si, cuando más los necesitas, el móvil no suena?
Reflexiona. Cuenta. Has visto multitud de entradas en su tablón dedicadas a ti, a tu sonrisa. Pero hay demasiadas para otras muchas. ¿De verdad puede haber tantas “personas más importantes de mi vida”?
Reflexiona. Cuenta. Todas las palabras son iguales. Para ti, para él, para ella. “¿Qué haría yo sin ti? ¿Quién curaría mis penas? ¿Quién la más lista, la más graciosa, la más bella?”
Reflexiona. Cuenta. ¿Entiendes mis palabras? ¿Comienzan a unirse todas las cuerdas?
No digo que no los quieras, no digo que no te quieran, pero no sois amigos por compartir una borrachera.
No sois amigos porque de sus labios salga un barato e inútil “Te quiero”.
No sois amigos por compartir esos peligrosos juegos.
Porque para ser amigos hacen falta palabras, no juergas.
Porque para ser amigos hacen falta meses, no una tarde cualquiera.
Porque para ser amigos hacen falta hechos, no sueños.
Porque para soñar, ya están los cuentos.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Historia de un corazón que latía en código morse

Título: Historia de un corazón que latía en código morse
Fecha: 06/11/2010
Descripción: Manech aime Mathilde, Mathilde aime Manech. Fanfic sobre la pareja (*w*) de Largo domingo de noviazgo.
Otros:
SPOILER Ò-Ó


Historia de un corazón que latía en código morse


Mathilde duerme.
Su respiración viaja por la habitación al encuentro de los pedos de Garbanzo. Se revuelve entre las sábanas con el ceño fruncido cuando uno de los primeros vestigios de mañana se cuela entre las cortinas.
Aún no quiere despertarse. Sueña. Manech ha vuelto, está vivo, está conmigo. Mathilde sonríe. En su sueño, sendas sonrisas se dibujan en el rostro de los enamorados. Están juntos de nuevo y nada podrá separarlos. Ni guerras, ni fusiles, ni muertos. Al fin los protagonistas son felices en las últimas páginas del cuento.

En ocasiones Mathilde desearía que sus ojos estuviesen sellados con pegamento, ser condenada a vagar por un mundo de ilusiones donde no existe el tiempo. Porque cuando duerme, la madeja se enrolla y él vuelve junto a ella. No hacen falta cartas, no hacen falta recuerdos, solo están ellos. Pero sabe que es mentira. Manech no está allí. Manech está asustado, perdido, quién sabe si muerto. Manech duerme con la parca acechando a cada momento.
Mathilde tiene miedo.

Teme saludar a la mañana un día y sentir que se ha cortado ese débil hilo que los unía. Teme asomarse a la ventana y descubrir en manos de ese hombre tan conocido la única noticia que no esperaba. Teme mirar a los ojos a sus tíos y sentir una pena demasiado grande en su mirada.
Mathilde se da la vuelta en la cama.


Manech no puede dormir.
Se arrebuja en el gastado uniforme que podría haber sido su salvación y se convirtió en su condena. El barro ha transformado su tela grisácea en unas prendas tan deprimentes como el cielo. Manech alza la vista. Una densa neblina cubre el sol; una densa neblina cubre su vida. Pero Manech es fuerte, Manech es feliz. Al menos, una pequeña parte de él. Esa pequeña parte que nunca deja de pensar en Mathilde. Mathilde. Sonríe. Por muy lejos que esté, por mucho tiempo que haya pasado, la sigue queriendo igual. Su mano sigue latiendo con la misma intensidad que cuando reposaba sobre su pecho aquella cálida mañana. Debería parecerle lejana, ajena; debería deprimirse. Pero tan solo sonríe más. Con cada recuerdo, su figura incorpórea se dibuja junto él, le susurra a cada minuto esas tres palabras:
Mathilde aime Manech.

Se frota los ojos con esa manopla roja que desentona en aquel lugar tan carente de vida, el corazón que aún late en un campo lleno de muertos, el niño que hace un muñeco en plena ventisca de invierno. Trepa por la pared de tierra hasta alcanzar el borde del hoyo que se ha convertido en su refugio. Un aire gélido golpea su rostro desnudo, camuflado de un marrón grisáceo que oculta su tono preocupantemente pálido.
Como siempre, no hay moros en la costa. Los soldados están descansando en la ilusoria seguridad de sus respectivas trincheras, unidos por el miedo y separados por una absurda frontera.
Manech se pone en pie a duras penas, cargando con el cansancio, el frío, el hambre y el peso de sus heridas. Sin embargo, parece darle igual. Por su mente sólo ronda una idea.
Anoche vio ese árbol solitario en medio de la devastada pradera, a tan solo unos metros, llamándole con esa suave y dulce voz tan añorada en la guerra. Saca su navaja mientras camina, paso a paso, hacia el tronco desnudo. Acaricia la corteza durante unos instantes, mientras obliga a su cuerpo a recuperar unas fuerzas que no se ha parado a pensar si podría necesitar. Es perfecto, se dice. La ausente armonía en su curvatura, su naturaleza muerta, la fuerza con la que se mantiene a pesar de las bombas que amenazan con arrancar la tierra.
La hoja comienza a tallar la superficie rugosa de la madera. Finas líneas irregulares se adivinan, poco a poco, en el pequeño claro libre de corteza. Se sume completamente en su tarea mientras, de nuevo, desfilan bellos pensamientos por su cabeza. Mathilde soñando, Mathilde besando, Mathilde riendo. Por unos momentos, sus temores son aparcados.
Pero aparece el Albatros.
Lo oye antes de verlo. Su vuelo raso proclama a voz en grito la furia de ese extraño pájaro mecánico.
Manech se detiene y le mira. Esboza una sonrisa y viaja. Se encuentra de nuevo en el campanario, junto a Mathilde. Sus brazos rodean la pequeña cintura y, sobre los suaves hombros, deja reposar su cabeza. Con delicadeza, le susurra al oído palabras bonitas mientras ella acaricia sus grandes manos. De pronto, sus labios se detienen. “Mira”, y señala el albatros. Mathilde sigue la dirección que indica su brazo. Durante unos minutos, los ojos de ambos contemplan su vuelo calmo. Él cierra los ojos. Ella se suelta, se gira y deposita un beso en sus labios.
Manech abandona la calma de los ojos cerrados. El avión ya ha pasado. Dispuesto a seguir con su tarea, le dedica una última mirada. Pero la máquina vuelve, asesina. Él no es consciente. Alza una mano y saluda, sin olvidar su sonrisa.
Esta vez ni siquiera escucha volar las balas. Duelen. Acribillan.
Manech siente cómo escapa su vida.

Mathilde se revuelve en su cama.
Abre los ojos y, con dificultad, respira. Una respiración de jadeos ansiosos que buscan un poco de aire en esa habitación en la que el sol ya no brilla.
No ha sido la luz, ni el calor, ni tampoco una pesadilla. Mathilde se ha despertado porque sabe que algo no va como debería. No necesita reflexionar para averiguar qué es lo que ha pasado. Inspira. Piensa. No, no ha ocurrido. No está muerto, lo sabría. Sólo algo ha cambiado, su rumbo ha virado tanto que el hilo que nos unía no ha podido encontrar otra salida.
Pero las palabras de consuelo no convencen esta vez ni a ella misma. “¡Maldita sea, Manech! Me prometiste que no llegaría este día.” Golpea el colchón con el puño cerrado y lucha porque no se le escapen las lágrimas. “Si cuento hasta siete y el cartero no ha hecho gritar al tío desde la cocina, no volveré a ver a Manech con vida.” De nuevo, respira y, lentamente, cuenta. “Uno… dos… tres… cuatro… cinco…” Unos improperios escapan desde la planta baja tras esas palabras tan deseadas “¡Carta para la señorita!”.
Mathilde sonríe y se tranquiliza.


Manech no siente la caída.
Su guante rojo dibuja una mancha en el cielo al tiempo que de su rostro desaparece la sonrisa. Duele. Escuece. Pica. El Albatros me ha traicionado. Tras tantos años de vuelo, me abandona, vuela lejos, me olvida. Y, por segunda vez, regresa a ese día.
Sus bocas se separan y suspiran. Él aún no ha abierto los ojos, no lo necesita. Ella reposa sobre su pecho, tranquila. Cualquiera diría que está dormida. Pero Manech sabe lo que le pasa. No necesita sumirse en la inconsciencia para que los sueños acudan a su mente. Mathilde les llama, les acaricia, les ofrece la fruta prohibida. Ellos se quedan, complacidos, y le regalan bonitas ideas. Manech juega con un mechón suelto; salvaje y domado, a un tiempo. Como su amor, como esas palabras que son grabadas a fuego en su mente: Manech aime Mathilde, Mathilde aime Manech.
Y ese amor que prometía ser para siempre hermoso y eterno, desaparece como el hilo que les ataba aunque entre ellos hubiese tan largo trecho.
Una última y débil sonrisa aparece en su rostro. Sus labios se deslizan, tiernos, antes de decir adiós a los recuerdos.
“Mathilde,” susurran “te quiero”.

#1

Pensamientos de una noche fresca #1
16/09/10
Una línea negra parpadea. El documento se abre como una inmensa llanura helada al frente. Las ideas rugen en tu mente como leones hambrientos, uniendo sus voces a las súplicas apasionadas de los sentimientos. Escribes. Borras. Sientes.
No lo entiendes. Bullen en tu cabeza, ansiosos por salir, pero algo se lo impide.
Te detienes.
Recuerdas.
Sonríes. Tecleas. Una palabra. Dos. Una línea. Tres.
Te estremeces. Suspiras. Raudos por el teclado los dedos se deslizan, temerosos de que su velocidad no valga para que las ideas no se den por perdidas. Una última palabra, un punto. Se termina. Te emociona. Te devuelve la vida. Los ojos se te empañan, pero en tu rostro se dibuja una sonrisa.

Raindrops keep falling on my head


Título: Raindrops keep falling on my head
Fecha: Hmm... Abril-Mayo 2010
Descripción: Todo comienza con un hombre extraño y solitario... con un extraño y solitario trabajo.
Otros: Participé con esto en el concurso de Coca-Cola. Quedé primera en la fase provincial :D
Raindrops keep falling on my head

El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel, de un amarillo ceniciento, era testigo de las penurias que su dueño acostumbraba a recordar. Pues, aunque le pesase, aquella era la única vida que tendría jamás, una vida que se escapaba en cada suspiro y que volvía a él por medio de la de los demás.
Se encontraba de pie en la escalinata de la catedral, contemplando con sus ojos, grises como la tormenta que arreciaba la ciudad, cada personaje atrevido que se aventuraba bajo la lluvia con un paraguas y su determinación como únicas armas. Dio una última calada a su cigarrillo y lo dejó caer sin más. Con un suspiro, se puso en marcha hacia su inexorable destino de cada día, ajeno al agua que calaba su vieja gabardina pasada de moda; como él, como su existencia, como todo lo bueno que tenía.
Caminó por calles y callejones durante horas que se le antojaron demasiado cortas y, por fin, llamó a la puerta del caserón. Esperó unos minutos hasta que una mujer de mediana edad desplazó la madera y miró a ambos lados, desconcertada, antes de volverla a cerrar maldiciendo por lo bajo al chiquillo que le hubiese gastado la broma. Él sonrió tristemente a la portera, alegrándose en secreto por la suerte que tenía de no percatarse de su presencia, e inició su ascenso por las escaleras. Al llegar al piso señalado, repitió la misma operación que en la calle y, casi al instante, una nueva puerta se abrió, aquella que se encontraba a sus espaldas. Una muchacha que había alcanzado la veintena saló al descansillo, azorada. El hombre esperó a que volviese a su casa pero, sin embargo, ella le dirigió la palabra
- Disculpe, ¿es usted el doctor Ayala?- él asintió en silencio, mintiendo como siempre sin ningún pudor ante las situaciones inesperadas. En los últimos tiempos, se había dedicado a vagar cual alma en pena hacia el lugar indicado y buscar a aquellas personas que, sin saberlo, se condenaban con tan solo decir “Hola”.- Entonces, creo… creo que viene usted aquí.
Él se limitó a seguirla hasta su vivienda, con los ojos fijos en ella, aceptando sin ningún sobresalto cada mirada furtiva que ella le dirigía. Le condujo a través de oscuros pasillos hasta un estrecho dormitorio que hedía a enfermedad. Una mujer de no más de cuarenta años se encontraba en la cama, respirando trabajosamente, la frente perlada de frío sudor.
- Madre, alguien ha venido a verte.
La enferma abrió levemente los ojos y examinó al hombre que estaba a la diestra de su hija.
- Es el doctor. Te vas a poner bien. Todo va a acabar ya.- susurró la muchacha, acercándose a ella y tomándole una pálida mano entre las suyas. Al menos en una cosa no se equivocaba, pensó él, todo acabaría con más presteza de lo que ambas esperaban.
Él tomó el maletín que siempre llevaba consigo, lleno de las cosas más variadas que uno pudiese imaginas, y caminó con seguridad hacia la moribunda. Dejó sus cosas en el suelo, se hizo con una cuchara que reposaba sobre la mesilla y habló. Habló con una voz suave, ronca y sugerente, propia de gángster de telefilm. Una voz que convenía desoír, temer y olvidar, pero que, por suerte o por desgracia, solo se podía amar.

Tiempo después, la escena se repetía y, como ya era rutina, la muchacha acompañaba al supuesto doctor a la puerta.
- No pasará de esta noche.
- Lo sé.- murmuró ella, alicaída y desesperada.- ¿Querría… querría quedarse? No me veo capaz de enfrentarme a esto sola.- sus ojos estaban fijos en él, dulces, brillantes, enamorados. Lo esperaba, lo sabía, siempre ocurría así. Como había previsto semanas atrás, el día de su primera visita, su respuesta, afirmativa, la alegró incluso más de lo que podía haberlo hecho la recuperación de su madre.
-Le prepararé una cama, entonces.- sentenció, intentando reprimir una sonrisa.

Apenas unos minutos atrás, un reloj había dado doce campanadas. Ambos contemplaban a la mujer, que no tenía fuerzas ya ni para abrir los ojos. Sin embargo, movió los labios en un vano intento de pronunciar sus últimas palabras. La hora había llegado.
- Ve a por agua.- sugirió él, viendo cómo su momento también estaba por empezar.
La chica salió con presteza del cuarto. Él esperó un momento y, esbozando una sonrisa, se levantó de su butaca.
El vaso se rompió contra el suelo. El hombre vio en su joven mirada la necesidad de consuelo y se acercó a ella rodeándola con sus débiles brazos. Cuando rompió a llorar y se aferró a su cuerpo con fuerza, supo que no tardaría en reunirse con su madre. Acarició su espalda y colocó una mano con delicadeza en su barbilla. Sus miradas se encontraron en la noche. Él acercó su boca lentamente a sus labios entreabiertos y la besó. Su fuerza fue suficiente para transportar el frágil cadáver hasta donde reposaba su única familia. Observó durante unos minutos los cuerpos inertes de ambas mujeres y salio de aquella casa vacía de vida.

Llovía de nuevo. Él se arrebujó en su amada gabardina y caminó calle abajo, de camino hacia el preludio de un nuevo funeral. No estaba triste, no estaba alegre; las emociones eran un lujo que no podía permitirse alguien como él, alguien como el ángel de la muerte.

Leyendas del Retiro

Título: Leyendas del Retiro
Fecha: Noviembre de 2008, creo ò_ó
Descripción: Coso basado en la ¿famosa? estatua del Retiro con el mismo nombre. Para ser sinceros, no conozco su verdadera historia, o no me acuerdo, así que aquí está mi versión personal de los hechos :3
Otros:
- Leído en un colegio de monjas. Ejé :D
- Fue el relato gracias al cual me di cuenta de lo mucho que me gustaba escribir *-*
- La profesora solo me puso un bien. Gracias, ZORRA :D



Leyendas del Retiro

Aunque los años sigan pasando, siempre recordaré la mañana de octubre en la que, paseando por el Retiro, el propio Lucifer me contó la historia del Ángel Caído:

“Hubo un tiempo remoto en el que nadie había oído hablar de religiones ni bandos. En esa época no solo existían humanos sobre la faz de la Tierra, sino que también la poblaban seres maravillosos de una belleza indescriptible e infinita bondad. Aquellos seres eran ángeles de alas blancas como la nieve. Era un periodo de paz y prosperidad, en el que no se pensaba en nada más que en la felicidad y no existían guerras ni disputas, no hasta que llegó Dios. Apareció de la nada con su poder destructor y su inmensa fuerza, devastándolo todo, apropiándose de las casas, los campos, los mares, desterrando a sus anteriores pobladores. Nadie podía verle, nadie podía tocarle, pero todos sabían que estaba ahí, acechando como un buitre, esperando la muerte de su presa.
En poco tiempo se convirtió en el supremo del planeta, todo lo veía y todo lo oía, nada escapaba de su dominio. La Tierra se convirtió en un lugar plagado de dolor y sufrimiento, muertes y enfermedades, donde la humanidad se deterioraba poco a poco. Muchos ángeles marcharon junto a Dios por temor o simplemente por comodidad, pero unos pocos se armaron de valor y se rebelaron. Fueron cayendo poco a poco, uno a uno, hasta que ya no quedó ninguno libre, pues todos terminaban en un lugar donde no existía más realidad que el castigo eterno. Las alas que en tiempos mejores fueron níveas se volvieron negras como el carbón. La humanidad perdió la esperanza de recuperar su anterior paraíso y se rindió al poder impuesto.

Durante mucho tiempo, todo fue así, simple rutina. Si alguien intentaba sublevarse, recibía un castigo peor que la muerte, el infierno. El lugar donde los condenados olvidaban la realidad y sucumbían al recuerdo de tiempos mejores. Pero lo que ellos no sabían era que en su causa no estaban solos. A la diestra de Dios, con una paciencia infinita y unos ideales inquebrantables, se encontraba Gabriel, un ángel con cara de niño mas con la sabiduría del mayor de los ancianos. Había estado contemplando a su señor durante toda la eternidad, esperando el momento adecuado para atacar.
Al fin, cuando se aseguró de que Dios confiaba plenamente en él, Gabriel bajó al Infierno y liberó a todos y cada uno de los ángeles presos, devolviéndoles su antigua vitalidad. Después visitó a los humanos y depositó en ellos un soplo de esperanza para que renaciese su antigua alegría de vivir. Dios, al descubrirlo, enfureció de tal manera que, antes de que pudiese terminar su tarea, lo convirtió en piedra y lo colocó a seiscientos sesenta y seis metros sobre el mar, en el parque de El Retiro, para que los habitantes del mundo recordasen cuánto era su poder. Pero con lo que no había contado era con que los ángeles caídos no cesarían en su empeño de restaurar la felicidad sobre la Tierra.”

Tras escuchar la historia en el más absoluto silencio, me detuve a contemplar durante unos minutos la estatua del que había sido mi antecesor, Gabriel.
- Entonces, ¿habéis perdido?- pregunté al fin.
- Fíjate en cada sonrisa que se dibuja en el rostro de un niño cuando ve a sus padres, en cada caricia que se dedican dos enamorados. ¿Acaso crees que si hubiésemos sido vencidos sería así?
- Pero eso significaría que los demonios son buenos y que nos han estado mintiendo toda la vida.-advertí con una sonrisa.

- No importa que ellos crean que es Dios el que hace nuestro trabajo, sino que vuelvan a recuperar poco a poco el esplendor del principio de los tiempos. Ha llegado tu turno. Ahora debes seguir luchando por la felicidad de la humanidad.
- Desde ahora estoy solo, ¿verdad?
- Tú nunca estarás solo, Gabriel, nadie nunca lo está.- Lucifer me dedicó una sonrisa enigmática antes de levantar el vuelo y desparecer entre las ramas de los árboles desnudos. Plegué mis alas negras y me senté frente a la fuente, contemplando el monumento mientras esperaba que la vida me mostrase lo que tenía preparado para mí.